Mientras los estragos de la pandemia siguen azotándonos sin piedad, mientras los profesionales sanitarios nos batimos el cobre contra el virus y mientras nuestros seres queridos enferman y mueren, por todas partes surgen infinidad de interrogantes.

¿De dónde venimos y a dónde vamos?, pregunta universal que ahora nos hacemos más que nunca, ¿quiénes son los nuestros?, ¿por qué vale la pena vivir o morir?
La batalla sin igual contra este mal universal desgraciadamente se sigue afrontando sin la unión imprescindible de todos. Las fuerzas del bien flaquean en parte por su descoordinación, por el egoísmo, el afán de protagonismo o la falta de solidaridad de algunos, frente al arrojo, la entrega y empatía de otros, la mayoría.

Colectivos, países, profesionales, defienden su pequeña parcela de protagonismo de una forma mezquina e injusta mientras las riadas de afectados y muertos flotan en las playas de Europa con permiso de Nietzsche.
Tras el leve confinamiento de unos días con medidas escasamente restrictivas, hemos pasado a la cuarentena, más estricta y cercana a los 40 días clásicos, como los del diluvio, el tránsito del Mesías por el desierto o la cuaresma cristiana, un número simbólico y ancestral de la pervivencia de patologías pasadas.

En este periodo, hombres, mujeres y niños, tratamos de mantener la determinación en el esfuerzo y la esperanza de que “al amanecer del día siguiente a esta crisis” acudan las fuerzas del bien al rescate para consolarnos tras la tragedia.
Después vendrá la convalecencia, como en otras enfermedades. Aclaremos que el periodo de curación no es solo el que se produce tras la aparición de los síntomas o la aplicación de las medidas terapéuticas, ni siquiera durante la posible intervención médica o quirúrgica necesaria. La curación precisara una convalecencia con síntomas en remisión, riesgo de recaídas y un periodo de reacondicionamiento y adaptación a la situación resultante.

Cuando se produce una fractura es necesario alinear los extremos e inmovilizarlos durante un periodo aproximado de seis semanas, 40 días (¡casualidad!), tras lo cual el hueso suele quedar unido, pero para recuperar la musculatura y la función completa se necesita un periodo muchas veces dos o tres veces mayor y, a veces de una limitación permanente de la capacidad.
Así pues, nos queda un amplio periodo de esfuerzo y revisión para integrar la experiencia y utilizarla en crisis venideras.
Una última puntualización, la recuperación física necesitara de una recuperación psicológica y social, el miedo al contagio, a la proximidad, puede marcar nuestra sociedad en el futuro. Debemos recordar el ejemplo de abnegación y sacrificio de nuestros mayores, aquellos que se pelearon y después intentaron perdonarse, los que trabajaron para darnos educación, sanidad y libertad y los que hemos visto morir entre nuestras manos en estos días.

Ellas y ellos merecen un homenaje como alegoría a su entrega, coraje y resistencia frente a este virus mortal, igual que lo merecieron las víctimas de la peste negra de 1679 en Viena (Austria).
Desde el recuerdo emocionado hacia las víctimas y sus seres queridos, quiero enviar un fuerte abrazo cargado de afecto, solidaridad y comprensión a enfermos, familiares, profesionales y ciudadanos de todas las clases y condiciones. Aún nos queda mucho por hacer, pero juntos estaremos más cerca de la victoria final.






























































































