A lo largo de nuestras vidas vamos acumulando experiencias que modelan nuestro conocimiento y personalidad, incluso nuestros gustos y/o sistema inmunitario.

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Somos una combinación de herencia genética e interacción medioambiental que, en el caso de nuestra especie, debido al desarrollo de nuestro sistema nervioso central, nos permite integrar las experiencias de una forma mucho más compleja que en otras especies, añadiendo al componente emocional y vivencial una parte de reflexión intelectual y de integración abstracta.

De todo este complejo proceso obtenemos pautas de comportamiento que nos han permitido perpetuarnos como especie e incluso elaborar tratados científicos, teorías sobre el origen de la vida, obras artísticas y, cómo no, armas de destrucción masiva. Todo eso surge de nuestra potencia genética y de nuestras vidas.

Como especie inteligente hemos sofisticado la manera de transmitir la experiencia, de la manera de frotar dos palos para hacer fuego o pulir las lascas de roca, a la descripción del genoma, hadrones, leptones y neutrinos, materia oscura o interleukinas y receptores NK1, mediante programas de realidad virtual, tutoriales “on line” y simuladores algorítmicos de todo tipo. Al final la experiencia se integra en nuestro gran procesador de información y se emplea para los fines básicos de perpetuación de nuestra especie en un sentido amplio.

La memoria está ligada en gran medida a las emociones que tiñen de negro o de rosa lo vivido y lo archivan en el sitio correspondiente a la calidad o calidez de la experiencia.

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Traigo a colación esta reflexión a propósito de la terrible y universal prueba que estamos viviendo en nuestro planeta, en nuestro continente, en nuestro país y todos y cada uno en nuestro propio entorno. Una experiencia que jamás pensamos que fuéramos a vivir: Experiencia de confinamiento, de convivencia continuada y estrecha, y en el caso de los profesionales de la salud, experiencia más que traumática, intensa y atroz.

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Vivir y trabajar en la frontera entre la vida y la muerte no es nuevo para nosotros. En los Quirófanos, en las Unidades de Reanimación, en la Unidad del Dolor o de Paliativos, permanentemente estamos asistiendo en el sentido más literal a personas y situaciones en las que la salud sufre agresiones, zozobra y en muchos casos se pierde por parte de nuestros pacientes, siendo nosotros parte implicada en la labor y también en el resultado.

Cuando un paciente sale adelante la alegría interior, la sensación de satisfacción y plenitud es difícilmente explicable, es una experiencia única, sobre todo cuando la severa dificultad o riesgo han sido importantes. Lo mismo, pero al contrario, cuando nuestros pacientes no mejoran o pierden la salud de forma progresiva o abrupta nos genera una gran desazón, insatisfacción y sufrimiento.

Nada de lo humano nos es ajeno, siempre ha sido así, la empatía de la que hemos hecho bandera nos hace reír y llorar con nuestros semejantes, compartiendo su evolución y esperanzas.

En estas semanas de pandemia hemos visto enfermar personalmente a decenas de personas hasta llenar nuestros centros de trabajo, hemos visto saturarse las urgencias, las plantas de hospitalización, las unidades de atención crítica y finalmente los mortuorios de una manera desorbitada, desbordante, pacientes debilitados, febriles, asfixiados, a los que hemos dado lo mejor de nosotros, de nuestra ciencia y humanidad, con la esperanza de que fuera útil la atención, y la certeza de que los cuidados, la compañía y el consuelo, por lo menos, les hicieran sentirse comprendidos y reconocidos.

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Me decía un paciente que ahora su familia éramos nosotros y esperaba la atención y los tratamientos como en otros momentos esperaban las visitas de sus seres queridos.

Para nosotros ellos también han sido nuestra familia, esa familia que nos ha hecho huérfanos y viudos en innumerables ocasiones y que nos ha hecho saltar lágrimas de impotencia y dolor por la magnitud de la tragedia.

La alegría de la recuperación y el alta de pacientes intubados, con ventilación asistida, colocados boca-abajo para mejorar su intercambio gaseoso durante días y, finalmente, victoriosos. Verlos de nuevo capaces hasta marchar a sus casas, también nos ha hecho llorar, pero de alegría; escuchando palabras de agradecimiento que salían directamente de sus corazones, todavía maltrechos.

Esta experiencia nos enseñará, pero dejará una cicatriz en nuestros corazones que necesitará mucha paciencia, muchos cuidados.

Despertar en medio de una pesadilla llena de virus o falta de aire, rechazar acudir al trabajo con el miedo de no encontrar vivos a los pacientes o enfermos a otros compañeros de fatigas, sentir opresión, dolor de cabeza, tristeza, insomnio… son síntomas que puede que nos acompañen durante largo tiempo y que precisen, además de comprensión, tratamiento.

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El reconocimiento social es un primer paso, pero será necesario un cambio profundo en la manera de afrontar estos problemas, quizá con un entrenamiento nacional, quizá habrá que pedir a la sociedad algo más que el reconocimiento social en los emocionantes aplausos de las 20:00, como los fondos suficientes para cubrir las necesidades de la salud de un país y de sus sanitarios que, ahora más que nunca, se han demostrado esenciales.

No quiero, ni puedo, ni debo terminar sin honrar la memoria de tod@s y cada un@ de l@s colegas sanitarios que han dejado su vida frente al #Covid19 luchando por sus semejantes. Que la tierra os sea leve, que el viento silbe vuestro nombre y el sol recuerde vuestro aura, porque vuestra partida no ha sido en vano ¡Honor y gloria a mis compañer@s, mis camaradas, mis herman@s de sangre!

Publicado por Dr. Alfonso Vidal

Director de las Unidades del Dolor del Hospital LA LUZ (Madrid) y del Hospital SUR (Alcorcón, Madrid). Grupo QUIRÓNSALUD Profesor de Dolor en la Univ. Complutense Madrileña

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