Cuando hablamos de cáncer, solemos pensar en un tumor silencioso que crece sin ser detectado hasta que es demasiado tarde. Ahora bien, en gran medida, esta enfermedad es mucho más compleja.

La patología oncológica habitualmente cursa con dolor y, aunque este puede no aparecer inicialmente, puede llegar a ser el síntoma más importante si no lo tratamos adecuadamente.
Con motivo del Día Mundial del Cáncer de Riñón (18 de junio), quisiera ofrecer una visión general completa: desde el dolor que causa y las desigualdades que genera, hasta los avances que permiten su detección temprana y el impacto a largo plazo en quienes lo superan.

Esta neoplasia renal no es casual. Afecta con mayor frecuencia a hombres de mediana edad con sobrepeso y/o antecedentes de tabaquismo. Estos tienen aproximadamente el doble de probabilidades de desarrollar la enfermedad que las mujeres (la tasa de incidencia es de 1,7 hombres/1 mujer afectada).
La edad también influye. Este tumor es poco frecuente antes de los 45 años. A partir de los 55, el riesgo aumenta progresivamente, alcanzando su máxima afectación entre los 65-75 años. Es muy raro en adolescentes, pero a edades más tempranas suele estar asociado a síndromes genéticos hereditarios.

El sobrepeso es un factor importante. La obesidad aumenta el riesgo relativo en un 57 % en hombres y un 72 % en mujeres. Se desconoce el mecanismo exacto, pero se cree que la inflamación crónica de bajo grado, los cambios hormonales y la resistencia a la insulina, asociados al exceso de tejido adiposo, contribuyen a la transformación maligna de las células renales.
La hipertensión arterial, frecuentemente vinculada al sobrepeso, es una amenaza independiente y bien documentada, y fumar duplica el riesgo en comparación con los no fumadores.

La incidencia mundial del cáncer de células renales (CCR) varía considerablemente. Las tasas más altas se registran en países de altos ingresos, especialmente en Europa Occidental, Norteamérica y Australia. Esto podría deberse en parte a una mayor exposición a factores de riesgo como la obesidad y la hipertensión, más comunes en las sociedades industrializadas, pero también a la mejora de las capacidades diagnósticas.
Nos referimos a este tumor como «silencioso» porque, por lo general, no causa síntomas en sus etapas iniciales. Si se presenta dolor, suele ser porque el tumor ha crecido tanto que está estirando la cápsula renal o invadiendo las estructuras adyacentes.

Alrededor del 40 % de los pacientes experimentan dolor durante el curso de la enfermedad. Se trata de un dolor sordo y persistente, localizado en un lado o en la zona lumbar, que no mejora, desaparece ni disminuye con los cambios de posición.
En ocasiones, el tumor puede comprimir el uréter, provocando un cólico renal agudo (dolor intenso y ondulatorio). En otros casos, se manifiesta como hematuria (sangre en la orina), un signo de alerta que debe tenerse en cuenta.

Hoy día no existe una prueba diagnóstica específica para personas con riesgo promedio de desarrollarlo. El diagnóstico suele ser incidental: el tumor se descubre durante una ecografía abdominal realizada por otro motivo. Por lo tanto, la detección precoz sigue siendo un reto.
Se han identificado ciertos marcadores urinarios que podrían servir como señales de alerta en el futuro, pero aún no forman parte de la práctica clínica habitual. Los investigadores buscan una prueba de detección eficaz, aunque el diagnóstico actualmente se basa en la sospecha clínica y su confirmación mediante pruebas de imagen.
Para personas con un alto riesgo hereditario (por ejemplo, síndrome de von Hippel-Lindau, antecedentes familiares), las guías recomiendan estudios de imagen anuales mediante tomografía computarizada o resonancia magnética. Si bien el tratamiento ha avanzado enormemente en las últimas dos décadas, la cirugía sigue siendo la opción terapéutica más importante para los tumores localizados.

La nefrectomía radical (extirpación completa del riñón afectado) es el tratamiento de elección para tumores avanzados. Sin embargo, actualmente se prefiere la nefrectomía parcial siempre que sea posible, ya que preserva el tejido renal sano.
El paciente puede tener dolor antes de ser operado, pero tenemos certeza de que lo tendrá después, por lo que el tratamiento del dolor ha de ser una pieza más de la terapia integral del CCR.

Si el tumor es pequeño existen procedimientos mínimamente invasivos como la ablación por radiofrecuencia o la crioablación. Estos procedimientos destruyen las células cancerosas mediante calor o frío extremos sin necesidad de incisiones.
En la enfermedad avanzada o metastásica, la inmunoterapia ha supuesto una verdadera revolución. Estimula el propio sistema inmunitario del cuerpo para que reconozca y ataque las células tumorales. Por ejemplo, se ha demostrado que el pembrolizumab reduce el riesgo de recurrencia en pacientes de alto riesgo tras la cirugía.
El cáncer de riñón es el decimotercero más común en el mundo y la decimosexta causa principal de muerte por cáncer. Afortunadamente, las tasas de supervivencia han mejorado significativamente y el pronóstico depende del estadio de la enfermedad al momento del diagnóstico.

Para los pacientes con el tumor localizado, el pronóstico es excelente y las probabilidades de curación son muy altas. Afortunadamente, también existen terapias efectivas para pacientes con cáncer de riñón avanzado, lo que permite un control a largo plazo de la enfermedad.
Los registros de tumores permiten el seguimiento a largo plazo y la identificación de factores que influyen en las tasas de supervivencia. La incidencia ha aumentado en las últimas décadas, no necesariamente porque más personas desarrollen la enfermedad, sino porque ahora se diagnostican más casos en etapas tempranas y asintomáticas.

En cuanto a las consecuencias a largo plazo, la calidad de vida de la mayoría de las personas que pierden un riñón mediante cirugía no se ve afectada a largo plazo. El riñón sano restante generalmente se adapta y recupera una función completa.
Sin embargo, existen riesgos como la enfermedad renal crónica, la hipertensión arterial y la proteinuria, complicaciones que pueden desarrollarse posteriormente. El seguimiento posterior al tratamiento es fundamental para detectar posibles recaídas y controlar los efectos a largo plazo.
Los pacientes deben someterse a revisiones periódicas, que incluyan análisis de sangre, pruebas de imagen y mediciones de la presión arterial, por lo que no se debe descuidar la función renal.

Una encuesta global reciente reveló que el 39 % de los pacientes se preocupan constante o frecuentemente por el estado de sus riñones; pero solo el 27 % afirmó estar adecuadamente informado sobre el manejo de su función renal tras el diagnóstico.
El cáncer de riñón sigue siendo un desafío, pero hoy podemos diagnosticarlo antes, tratarlo con mayor eficacia y brindar apoyo a los pacientes en su recuperación con más herramientas que nunca. La prevención, como el control del peso, no fumar y el control regular de la presión arterial, sigue siendo la mejor estrategia.







































































