ESTRÉS POSTRAUMÁTICO

A lo largo de nuestras vidas vamos acumulando experiencias que modelan nuestro conocimiento y personalidad, incluso nuestros gustos y/o sistema inmunitario.

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Somos una combinación de herencia genética e interacción medioambiental que, en el caso de nuestra especie, debido al desarrollo de nuestro sistema nervioso central, nos permite integrar las experiencias de una forma mucho más compleja que en otras especies, añadiendo al componente emocional y vivencial una parte de reflexión intelectual y de integración abstracta.

De todo este complejo proceso obtenemos pautas de comportamiento que nos han permitido perpetuarnos como especie e incluso elaborar tratados científicos, teorías sobre el origen de la vida, obras artísticas y, cómo no, armas de destrucción masiva. Todo eso surge de nuestra potencia genética y de nuestras vidas.

Como especie inteligente hemos sofisticado la manera de transmitir la experiencia, de la manera de frotar dos palos para hacer fuego o pulir las lascas de roca, a la descripción del genoma, hadrones, leptones y neutrinos, materia oscura o interleukinas y receptores NK1, mediante programas de realidad virtual, tutoriales “on line” y simuladores algorítmicos de todo tipo. Al final la experiencia se integra en nuestro gran procesador de información y se emplea para los fines básicos de perpetuación de nuestra especie en un sentido amplio.

La memoria está ligada en gran medida a las emociones que tiñen de negro o de rosa lo vivido y lo archivan en el sitio correspondiente a la calidad o calidez de la experiencia.

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Traigo a colación esta reflexión a propósito de la terrible y universal prueba que estamos viviendo en nuestro planeta, en nuestro continente, en nuestro país y todos y cada uno en nuestro propio entorno. Una experiencia que jamás pensamos que fuéramos a vivir: Experiencia de confinamiento, de convivencia continuada y estrecha, y en el caso de los profesionales de la salud, experiencia más que traumática, intensa y atroz.

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Vivir y trabajar en la frontera entre la vida y la muerte no es nuevo para nosotros. En los Quirófanos, en las Unidades de Reanimación, en la Unidad del Dolor o de Paliativos, permanentemente estamos asistiendo en el sentido más literal a personas y situaciones en las que la salud sufre agresiones, zozobra y en muchos casos se pierde por parte de nuestros pacientes, siendo nosotros parte implicada en la labor y también en el resultado.

Cuando un paciente sale adelante la alegría interior, la sensación de satisfacción y plenitud es difícilmente explicable, es una experiencia única, sobre todo cuando la severa dificultad o riesgo han sido importantes. Lo mismo, pero al contrario, cuando nuestros pacientes no mejoran o pierden la salud de forma progresiva o abrupta nos genera una gran desazón, insatisfacción y sufrimiento.

Nada de lo humano nos es ajeno, siempre ha sido así, la empatía de la que hemos hecho bandera nos hace reír y llorar con nuestros semejantes, compartiendo su evolución y esperanzas.

En estas semanas de pandemia hemos visto enfermar personalmente a decenas de personas hasta llenar nuestros centros de trabajo, hemos visto saturarse las urgencias, las plantas de hospitalización, las unidades de atención crítica y finalmente los mortuorios de una manera desorbitada, desbordante, pacientes debilitados, febriles, asfixiados, a los que hemos dado lo mejor de nosotros, de nuestra ciencia y humanidad, con la esperanza de que fuera útil la atención, y la certeza de que los cuidados, la compañía y el consuelo, por lo menos, les hicieran sentirse comprendidos y reconocidos.

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Me decía un paciente que ahora su familia éramos nosotros y esperaba la atención y los tratamientos como en otros momentos esperaban las visitas de sus seres queridos.

Para nosotros ellos también han sido nuestra familia, esa familia que nos ha hecho huérfanos y viudos en innumerables ocasiones y que nos ha hecho saltar lágrimas de impotencia y dolor por la magnitud de la tragedia.

La alegría de la recuperación y el alta de pacientes intubados, con ventilación asistida, colocados boca-abajo para mejorar su intercambio gaseoso durante días y, finalmente, victoriosos. Verlos de nuevo capaces hasta marchar a sus casas, también nos ha hecho llorar, pero de alegría; escuchando palabras de agradecimiento que salían directamente de sus corazones, todavía maltrechos.

Esta experiencia nos enseñará, pero dejará una cicatriz en nuestros corazones que necesitará mucha paciencia, muchos cuidados.

Despertar en medio de una pesadilla llena de virus o falta de aire, rechazar acudir al trabajo con el miedo de no encontrar vivos a los pacientes o enfermos a otros compañeros de fatigas, sentir opresión, dolor de cabeza, tristeza, insomnio… son síntomas que puede que nos acompañen durante largo tiempo y que precisen, además de comprensión, tratamiento.

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El reconocimiento social es un primer paso, pero será necesario un cambio profundo en la manera de afrontar estos problemas, quizá con un entrenamiento nacional, quizá habrá que pedir a la sociedad algo más que el reconocimiento social en los emocionantes aplausos de las 20:00, como los fondos suficientes para cubrir las necesidades de la salud de un país y de sus sanitarios que, ahora más que nunca, se han demostrado esenciales.

No quiero, ni puedo, ni debo terminar sin honrar la memoria de tod@s y cada un@ de l@s colegas sanitarios que han dejado su vida frente al #Covid19 luchando por sus semejantes. Que la tierra os sea leve, que el viento silbe vuestro nombre y el sol recuerde vuestro aura, porque vuestra partida no ha sido en vano ¡Honor y gloria a mis compañer@s, mis camaradas, mis herman@s de sangre!

CONFINAMIENTO y CONVALECENCIA

Mientras los estragos de la pandemia siguen azotándonos sin piedad, mientras los profesionales sanitarios nos batimos el cobre contra el virus y mientras nuestros seres queridos enferman y mueren, por todas partes surgen infinidad de interrogantes.

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¿De dónde venimos y a dónde vamos?, pregunta universal que ahora nos hacemos más que nunca, ¿quiénes son los nuestros?, ¿por qué vale la pena vivir o morir?

La batalla sin igual contra este mal universal desgraciadamente se sigue afrontando sin la unión imprescindible de todos. Las fuerzas del bien flaquean en parte por su descoordinación, por el egoísmo, el afán de protagonismo o la falta de solidaridad de algunos, frente al arrojo, la entrega y empatía de otros, la mayoría.

Un posible vertido causa la muerte de miles de peces en el Guadiana

Colectivos, países, profesionales, defienden su pequeña parcela de protagonismo de una forma mezquina e injusta mientras las riadas de afectados y muertos flotan en las playas de Europa con permiso de Nietzsche.

Tras el leve confinamiento de unos días con medidas escasamente restrictivas, hemos pasado a la cuarentena, más estricta y cercana a los 40 días clásicos, como los del diluvio, el tránsito del Mesías por el desierto o la cuaresma cristiana, un número simbólico y ancestral de la pervivencia de patologías pasadas.

Familia Unida: Union

En este periodo, hombres, mujeres y niños, tratamos de mantener la determinación en el esfuerzo y la esperanza de que “al amanecer del día siguiente a esta crisis” acudan las fuerzas del bien al rescate para consolarnos tras la tragedia.

Después vendrá la convalecencia, como en otras enfermedades. Aclaremos que el periodo de curación no es solo el que se produce tras la aparición de los síntomas o la aplicación de las medidas terapéuticas, ni siquiera durante la posible intervención médica o quirúrgica necesaria. La curación precisara una convalecencia con síntomas en remisión, riesgo de recaídas y un periodo de reacondicionamiento y adaptación a la situación resultante.

Fractura distal del radio - Onmeda.es

Cuando se produce una fractura es necesario alinear los extremos e inmovilizarlos durante un periodo aproximado de seis semanas, 40 días (¡casualidad!), tras lo cual el hueso suele quedar unido, pero para recuperar la musculatura y la función completa se necesita un periodo muchas veces dos o tres veces mayor y, a veces de una limitación permanente de la capacidad.

Así pues, nos queda un amplio periodo de esfuerzo y revisión para integrar la experiencia y utilizarla en crisis venideras.

Una última puntualización, la recuperación física necesitara de una recuperación psicológica y social, el miedo al contagio, a la proximidad, puede marcar nuestra sociedad en el futuro. Debemos recordar el ejemplo de abnegación y sacrificio de nuestros mayores, aquellos que se pelearon y después intentaron perdonarse, los que trabajaron para darnos educación, sanidad y libertad y los que hemos visto morir entre nuestras manos en estos días.

Una torre de un edificio

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Ellas y ellos merecen un homenaje como alegoría a su entrega, coraje y resistencia frente a este virus mortal, igual que lo merecieron las víctimas de la peste negra de 1679 en Viena (Austria).

Desde el recuerdo emocionado hacia las víctimas y sus seres queridos, quiero enviar un fuerte abrazo cargado de afecto, solidaridad y comprensión a enfermos, familiares, profesionales y ciudadanos de todas las clases y condiciones. Aún nos queda mucho por hacer, pero juntos estaremos más cerca de la victoria final.

“PANDEMIA y PANDEMONIUM”

Sorprende a veces encontrar términos casi homófonos que, aparentemente alejados en su significado, incluso en su etimología o historia, puedan reflejar de una forma semejante situaciones de la vida.

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Este es el tiempo que nos ha tocado vivir y nuestro mundo de opulencia, de orgullosa evidencia científica, descreído de las religiones, se encuentra, como las culturas y civilizaciones del pasado, a merced de las nuevas Pandemias, de gérmenes nuevos, parientes de otros viejos.

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De nuevo, como en las historias del pasado, la población asiste atónita a la evolución de los acontecimientos mientras los responsables no paran de hacerse cruces, de señalar responsables externos o de tratar de poner puertas a la mar, con medidas de contención.

Cuando una enfermedad afecta a un número de casos superior a los previstos se denomina epidemia, sea o no contagiosa. La obesidad o la diabetes son epidemias que se extienden por nuestro mundo y no son enfermedades contagiosas.

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La tuberculosis, la viruela, el sarampión o la parotiditis sí son contagiosas, pues generaron muchos casos epidémicos, más de los previstos, entrando como zorros en un gallinero en aquella población, siendo un azote brutal en tiempos pasados, hasta que la humanidad, la ciencia y las vacunas consiguieron su control y, en el caso de la viruela, su erradicación.

El término pandemia se acuñó para definir la aparición de una enfermedad en múltiples territorios por encima de lo previsible, con gran afectación de la población y gran severidad.

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Estamos pues en una situación de pandemia que no puede dejar de inquietarnos pues, como repetimos hasta la saciedad, la salud afecta a toda la población y, como integrantes de ella que somos, a los profesionales también, y no solo como problema profesional, sino por nuestra prioritaria condición humana. Todos podemos enfermar y todos vamos a morir, pero cuando llegue nuestro momento y no antes.

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El otro concepto de semejante apariencia fue acuñado por John Milton, ensayista y poeta de principio de siglo XVII. Milton, próximo a las ideas liberales y parlamentarias en tiempos de transición en la monarquía británica y con la muerte sin descendencia de Isabel I y el cambio de dinastía a los Estuardo, se plantea el dilema del bien y del mal, y la pérdida de bienestar al abandonar el paraíso (“El paraíso perdido”).

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Cuenta la historia de Adán y Eva, su relación con Dios y el Diablo, y el papel de éste como elemento distorsionador de un equilibrio donde Dios era la figura central no discutida y Lucifer se rebela, poniendo en entredicho su autoridad y convenciendo a Adán y Eva para desobedecerle, acarreando la aparición del sufrimiento, el dolor y la muerte.

En ese contexto, la capital del infierno, el lugar donde se concentra el mal y todos sus representantes, se bautiza como Pandemonium.

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Ese pandemónium, cúmulo de todos los males, parece solaparse a la Pandemia como un único concepto, a caballo entre enfermedad y mal y nos arrastra a todos como arrasaría un Tsunami.

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Pese al gran avance de la Virología (sección de la Microbiología que estudia los virus o parásitos de otros hasta la aniquilación de estos últimos) nos encontramos hoy en día como en los albores de esta ciencia, cuando Pasteur, Yersin, o Koch se afanaban en el estudio y descripción de los gérmenes que diezmaban la población y los mecanismos de transmisión de las enfermedades.

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En estos momentos difíciles cabe pensar en otras figuras no menos relevantes de nuestra tradición judeo-cristiana, como Noé que, alertado por Dios, se preparó para afrontar un gran cataclismo, se recluyó con su grupo familiar en un entorno cerrado y realizó un acopio de vituallas y de lo necesario para reiniciar al pasar la tempestad (40 días según la tradición).

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Esperemos que cada uno en nuestro arca, seamos capaces de capear con éxito el “Estado de Alerta” en el que vivimos autoconfinados y que, transcurrido el periodo de ciclo-génesis, una paloma, traiga en el pico una ramita de olivo o un trocito de brócoli indicando que las aguas han vuelto a sus cauces.

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Energía vital

Nuestro universo está constituido de materia y energía en continuo contacto e interacción. Las religiones primero, y la física después, se han afanado en explicarnos esta dialéctica entre un tipo de fenómeno y otro, y con ello el porqué de las cosas.

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Si el sol calienta nuestro planeta es por la emisión de energía en forma de radiaciones infrarrojas, visibles y ultravioletas, rayos gamma etc., pero esa energía se produce como consecuencia de inconmensurables procesos químicos en los que la materia, los gases, los elementos químicos del sol (hidrógeno, deuterio, tritio, helio), reaccionan y se fusionan, liberando en esa cadena todo el ingente caudal energético hacia todo lo que le rodea.

La materia del Sol, la masa solar, tiene además otra interacción que aceptamos, aunque no siempre se entienda con claridad: la fuerza de la gravedad, la razón por la que los cuerpos se atraen en el espacio.

La materia y la energía lo son todo en el universo y también en nuestro planeta, en los objetos inanimados y en los seres vivos.

Toda esta introducción viene a explicar la razón de nuestra existencia: los delicados procesos electroquímicos que se desarrollan simultáneamente en los billones de células de nuestro organismo permiten el sostenimiento de su compleja estructura.

Cada unidad celular tiene unas características físicas, una materia, proteínas, lípidos, hidratos de carbono, fluidos que la componen y una energía en forma de diferencias de potencial eléctrico, como consecuencia de rotura de enlaces químicos y con forma también de calor.

Esa materia, esa energía, es nuestra vida. Por eso ante una parada cardiorrespiratoria se intentan restablecer precozmente esos procesos mediante la aportación de una energia externa suplementaria.

Esa energia son las compresiones que se hacen en el centro del tórax sobre el esternón, intentando empujar 5-6 cm hacia dentro apoyando el talón de la mano con ambas manos enlazadas.

Colocación Masaje Cardíaco

Por eso abrimos la vía aérea e insuflamos aire a presión para que llegue a los alveolos y el oxígeno pueda pasar a la sangre. Por eso pedimos un desfibrilador para utilizar una fuente de energía intensa y súbita alrededor del corazón.

La energía de nuestros brazos puede mantener viva a la víctima, pero la recuperación de la parada pasa por un choque eléctrico si el ritmo del corazón lo precisa. La mayoría de las paradas debutan con fibrilación, por eso tiene todo el sentido alcanzar este aparato y colocarlo tan pronto como se pueda.

La cantidad de energía del desfibrilador externo automatizado (DEA o DESA, según nomenclaturas) la aporta el aparato sin consultarnos, solo nos pide analizar el ritmo y que apretemos el botón tras carga. Cuando el desfibrilador es manual, en cambio, se aconseja una energia de 200 julios, si es bifásico o, 360 julios, si es monofásico y, en todo caso, ante la duda la máxima que pueda dar el aparato.

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Aportamos energía térmica en caso de hipotermia o a la hora de trasfundir sangre o fluidos fríos. Sin embargo, la energía más importante en situaciones como ésta es la motivación, la actitud alerta y disponible de ayudar a otros, acercarse y comprobar la respuesta y la respiración, solicitar ayuda y desfibrilador y realizar compresiones de alta calidad sin interrupciones en ciclos de 30 a 100-120 por minuto.

La energía del reanimador al acercarse y la del reanimador al comprimir es la suya propia, la cual, convertida en energía cinética positiva, mantiene viva a la otra persona por transferencia directa de una a otra.

La intervención precoz puede hacer que un pequeño síncope vasovagal en una escalera se solucione con decúbito respiración y vigilancia en vez de apnea, convulsión, parada y quizá alteraciones cardiacas y neurológicas severas.

Usando un ejemplo automovilístico, con esta la batería de una persona a la de otra o empujar el coche (o la persona) permite activar el funcionamiento automático del motor que luego quizá necesite una revisión cambio de circuitos e incluso de batería (pero el coche al menos llega a tiempo al taller, en los casos que nos ocupan, a un centro sanitario).

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Como todo en la vida, la pericia para usar la energia se aprende y desarrolla practicando. Realizar cursos de Reanimación debería ser un contenido de la formación de los programas de enseñanza secundaria y debería tratar de concienciar y formar a toda la población.

No basta con tener un desfibrilador en un armario bajo llave, debemos conocer su manejo, su localización y que hacer mientras lo conseguimos.

Una interesante sugerencia que hemos comentado en el último curso de Soporte Vital de la SEDAR y ERC en Madrid: si los desfibriladores en entornos públicos, al activarse conectaran con el servicio de emergencias como hacen los ascensores, podría ganarse un tiempo muy valioso en situaciones donde los minutos pueden suponer un desenlace feliz o fatal.

PREVENIR: JUEGO DE NIÑOS

La enfermedad es una circunstancia que nos afecta a todos en algún momento de la vida y que nos calienta la cabeza y preocupa de forma regular a los profesionales.

Enfermar es parte del proceso normal de la salud, es una interacción dinámica con el medio ambiente, nuestra naturaleza nos protege o actúa como favorecedora de una patología real o potencial. Esta descripción no es actual, sino la consecuencia de miles de años de observación del devenir de generaciones humanas.

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Culturas milenarias describieron así el origen de las enfermedades y actualmente las explicamos de la misma manera: enfermar es una consecuencia de la interacción de nuestro organismo y el medio en que vivimos.

Sin embargo, algunas cosas hemos aprendido en todo este tiempo. Hemos sido capaces de explicar la causa de muchas enfermedades, conocer en detalle su manera de aparecer, de desarrollarse en el organismo y de resolverse de forma favorable o no.

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Toda esta información ha permitido desarrollar remedios para las enfermedades, medidas de soporte y de tratamiento, con costes asequibles para la salud restante y para el conjunto de la sociedad, pero, sobre todo, ha permitido desarrollar procedimientos de prevención.

El fuego, un gran aliado de la civilización, ha destruido manifestaciones culturales, recursos biológicos y aniquilado a miles de seres humanos y con ellos sus experiencias personales, pero también ha permitido la utilización de recursos alimentarios difíciles de digerir, la supervivencia y conquista de entornos glaciares imposibles en zonas remotas de nuestro planeta y la cauterización de lesiones o heridas; y el alivio de muchas enfermedades, empleado de forma sensata y contenida.

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Un agente dañino, domesticado y gobernado se ha convertido en aliado de la civilización y agente terapéutico de primer orden, gracias al conocimiento, a la observación y el análisis de las experiencias relacionadas con él.

Como el fuego, otros agentes potencialmente letales pueden estudiarse, controlarse e incluso aprovechar sus cualidades para convertirlo de patológico y dañino en terapéutico y preventivo. Ha sucedido con las vacunas elaboradas con gérmenes atenuados o con la toxina botulínica

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Esa fue la manera en la que los pioneros de la microbiología desarrollaron las teorías de la infección, el contagio, la epidemia, la vacuna y los antimicrobianos. En los momentos actuales, múltiples peligros acechan nuestra especie.

Virus y bacterias que se creían controlados se han ido modificando por la interacción con los antimicrobianos y como consecuencia de su progresiva resistencia a ellos. El uso generalizado y muchas veces incorrecto facilita el proceso de resistencia. El mundo globalizado facilita su difusión y algunas prácticas insensatas o contactos casuales con gérmenes circunscritos a otras especies o entornos muy concretos, pasan a ser problemas de salud pública, como sucedió con el SIDA, El  Évola o últimamente el coronavirus COVID-19.

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Ni somos menos resistentes, ni los virus son mucho más fuerte, solo tenemos una dinámica de contacto mucho mayor como consecuencia de la mayor relación entre humanos de todo el mundo y la globalización de nuestras relaciones.

Mención específica merece la labor de los profesionales. Tanto en esta última crisis, como en las anteriores del Évola, los primeros afectados en la zona de inicio del brote son los profesionales de la salud.

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Antes que profesionales, somos seres humanos y todas las virtudes y defectos que adornan nuestra condición humana nos son aplicables. Por eso muchos cientos han enfermado y por eso muchos acaban siendo mártires de la salud.

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Cabe pensar si su sacrificio fue fruto de la abnegación y el compromiso profesional o de la imprudencia o desidia personal o de las autoridades más preocupadas de evitar el pánico y las pérdidas comerciales que de dotar a sus profesionales de los medios técnicos necesarios.

La salud no es un juego de niños, aunque sus reglas muchas veces son sencillas de aprender y poner en práctica. Si actuamos con conocimiento y prudencia se pueden prevenir muchas enfermedades y minimizar su impacto sobre la sociedad. Otra cosa es curarlas. El organismo tiene muchos recursos de protección y recuperación que suelen ser los que realmente curan, pero podemos reducir la gravedad y duración de las enfermedades con medidas de protección tan simples y eficaces como mascarillas faciales o lavado de manos.

QUISTES DE TARLOV

Los epónimos, de los que ya hemos hablado con anterioridad, recuerdan el nombre de la persona o personas que descubrieron, fundaron, inventaron o describieron algo en primer lugar.

El Canal de Isabel II, el Estrecho de Magallanes et al, no son descripciones anatómicas, pero el Acueducto de Silvio o los Quistes de Tarlov sí.

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De estos últimos hablaremos en este post, de los Quistes de Tarlov, formaciones que aparecen en el sistema nervioso de un 5% de las personas, aunque de forma sintomática sólo en alrededor del 1%. Empezaremos hablando del científico que los describió por primera vez.

Isadore Max Tarlov fue un médico norteamericano nacido en Connecticut en mayo de 1905, hijo de inmigrantes judíos rusos y, tras estudiar la secundaria, se matriculó en la Universidad de Clark, en Worcester, Massachusetts.

En su formación médica pasó por la Universidad John Hopkins, el Instituto de neurociencias de Montreal, donde fue discípulo de Wilder Penfield, conocido por su descripción de las áreas de representación cortical (homúnculo de Penfield) y después en Chicago y San Luis.

Estructura del homúnculo motor y del homúnculo sensorial

En 1938 describió los quistes espinales cuando, tras una serie sucesiva de disecciones de 30 cadáveres, encontró la presencia de quistes en la unión de las raíces sacras con el ganglio espinal en 5 de los cuerpos. Posteriores trabajos le permitieron describir los quistes con absoluta minuciosidad, tanto macroscópica como histológica, y postular sobre su origen y desarrollo.

Además, describió la técnica de utilización de plasma para la reconstrucción de lesiones nerviosas (método que hoy en día sigue de actualidad por su enorme versatilidad para múltiples tejidos) y la posición en decúbito prono sobre las rodillas para evitar el incremento de presión sobre la circulación espinal en las operaciones sobre la columna vertebral.

Murió a los 72 años en Nueva York, dejando un legado de trabajo y conocimiento y una fundación que sigue apostando por el conocimiento, la educación y el progreso.

¿Qué son los quistes espinales de Tarlov?

Aunque desconocemos su origen, se supone que estos quistes con acúmulo de líquido cefalorraquídeo. Se producen por pequeños microtraumatismos, alteraciones hemorrágicas inflamatorias o isquémicas, aunque podrían deberse a la proliferación de tejidos aracnoides o a obstrucciones linfáticas.

Igual que en otros quistes, como los gangliones en las vainas tendinosas, los mecanismos de formación, relleno y cronificación son multifactoriales, pero es los perineurales donde el abordaje quirúrgico es mucho mas complejo.

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Aparecen como especies de racimos de uvas, directamente adheridos a las estructuras nerviosas, muchas veces como hallazgos casuales en pacientes asintomáticos, otras como acompañantes o agravantes de un cuadro localizado en esa área y en esas raíces.

En caso de ser sintomáticos su tratamiento se debe abordar con medidas descompresivas: laminectomías, drenajes de LCR, escisión y apertura de su pared, drenaje de su contenido y microplastias con células musculares o interposición de injertos de materiales, como el teflón. Estas intervenciones no están exentas de riesgo de aliteraciones sensitivas y motoras o cuadros dolorosos residuales.

En general, se debe optar por cirugías mínimamente invasivas o procedimientos endoscópicos, como la epiduroscopia con visión directa de los quistes y su manejo.

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Tarlov describió los quistes, su desarrollo, localización y posible solución, pero los sufren los pacientes que se encuentran con estas formaciones inesperadas de dudosa etiología y mala respuesta terapéutica.

Aunque la mayoría son asintomáticos, muchos acarrean una patología dolorosa irritativa, continua, neuropática, que necesita diagnóstico, explicación y comprensión, por parte de pacientes y profesionales. Como profesionales no podemos limitarnos a señalar el hallazgo anatómico, debemos intentar ofrecer soluciones terapéuticas eficaces, sostenibles y, si es posible, curativas.

Desde hace tiempo tenía la deuda de gratitud con muchos pacientes con esta patología y con la asociación que los agrupa por su apoyo y seguimiento a mis publicaciones. Una de las cosas que podemos y debemos hacer desde este foro es el apoyo decidido a los pacientes y, al menos, el consuelo, si no el tratamiento completo.

Albarelos, los tarros de las esencias

Las palabras no solo expresan los conceptos, nuestros pensamientos. Las palabras probablemente sean los pensamientos mismos, algo que entronca el pensamiento religioso y mágico con la ciencia.

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Al igual que las palabras en sí mismas pueden ser algo material, tangible, sagrado y, además, ser vehículo de información, un fenómeno dual, como la luz: energético y a la vez corpuscular.

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La palabra Albarelo, de origen persa [Al-Barani] y cuyo significado es “el vaso de las drogas”, en castellano designaba los tarros de las farmacias tradicionales. Hechos generalmente de porcelana, primero llenaban y almacenaban las diversas sustancias curativas, y ahora más bien son ornato en laboratorios, apotecas, oficinas públicas o domicilios particulares.

Paralelamente explican la historia de la farmacia en museos, como el de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense, fruto del trabajo del profesor Rafael Folch, promotor y fundador y de su hijo, Guillermo Folch Jou, que fue su director hasta su fallecimiento en 1985.

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Más aún, droga también parece tener un origen árabe, del término “Hatruka”, literalmente charlatanería, pero que designaba el extracto seco de las plantas y principios terapéuticos que se emplearon en esa incipiente farmacopea que en gran medida la cultura árabe importó y perfecciono de los conocimientos de lejano oriente y de su propia experiencia.

Así pues, los Albarelos, esos tarros de las esencias, son los fieles representantes de esa historia de las medicinas y son, no solo el recipiente y su belleza y utilidad, el continente, sino también y, sobre todo, el contenido, las esencias sanadoras.

Es curioso cómo la suma de todos esos recipientes, el arsenal terapéutico primitivo y moderno, constituya otro término no menos curioso y atractivo, el Botamen, el conjunto de todos los medicamentos y principios útiles para la sanación.

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Botamen lógicamente tiene la misma raíz que Botica, nombre tradicional de las oficinas de farmacia, donde los boticarios ejercen su oficio y, de alguna manera, su magia, mezclando la dosis adecuada con el conjunto de principios recogidos, procesados y almacenados cuidadosamente en los albarelos.

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Botica tiene el mismo origen que otro término que almacena sustancias con capacidad para interactuar sobre la conciencia, el estado de ánimo y, también, el metabolismo hepático: las Bodegas, lugares donde se almacenaban y almacenan, procesan y obtienen otras sustancias de uso habitual en nuestra sociedad.

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Los espacios mágicos, llenos de esencias y extractos, donde el milagro de la sanación se producía merced a la miscelánea de la fórmula secreta y por mor de la pericia del boticario, han evolucionado a centros donde el rigor científico, la dosis exacta, el orden estricto  y el procesado de los principios activos son la base del éxito, la ciencia y el rigor metodológico.

Hay una última, y no menos sorprendente, semejanza y paralelismo de los términos y los conceptos. Decimos cuando alguien despunta y demuestra toda su valía, que “ha destapado el tarro de las esencias”. Pese a tener una reminiscencia poética, incluso folclórica, la idea que transmite es una constante del mundo clásico y actualmente de la ciencia moderna: la mayor parte de los elementos sanadores que podemos conseguir se encuentran en nuestro interior.

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Nosotros somos el motor de sanación imprescindible en cualquier enfermedad, tanto por nuestra propia naturaleza, por los diferentes agentes activos, factores proinflamatorios interleukinas, ciclooxigenasas, receptores NK1 u opioides, como por la voluntad y el tesón en la búsqueda de la solución.

Somos agentes terapéuticos para nosotros mismos y para los demás y podemos presumir de esta capacidad benefactora cierta en nuestras actitudes y en nuestra bioquímica.

Desde la mano amiga, al consejo terapéutico o la donación de sangre o tejidos, el tarro de las esencias de otros o el nuestro propio puede ayudar y ayuda sin duda.

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Como hemos afirmado en muchas otras ocasiones el secreto de la salud y del alivio del dolor, sobre todo, está en el interior de cada uno y, a veces, en el interior de los que están contigo.

PAREIDOLIA

“Muchas veces, cuando nos encontramos solos en casa, tenemos la impresión de no estar solos, que alguien puede estar observándonos sin llamar la atención. Es una sensación como un cosquilleo en la cabeza, que nos hace volvernos varias veces a comprobar si realmente no hay algo.

Igualmente, caminando solos de vuelta a casa por la calle desierta o, también, paseando por parajes naturales como bosques, espacialmente a la puesta de sol, o ya de noche, nuestra atención puede concentrarse en cosas, objetos o configuraciones que podrían ser amenazas y que, como consecuencia de una asociación libre, podemos hasta reconocer como figuras, siluetas, quizá desafiantes u hostiles.

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Nadando en una extensión grande de agua como ríos, lagos o el mar, podemos percibir movimientos bajo la superficie o simplemente obsesionarnos con una posible presencia de depredadores acechando”.

Después de esta introducción intencionadamente inquietante, quiero poner sobre la mesa el concepto de Pareidolia, que proveniente del griego y significa el reconocimiento de caras o rostros en objetos inanimados. Presupone el reconocimiento, por tanto, de figuras vivas con una posibilidad de interacción, sea o no hostil.

Todos hemos visto figuras, caras, en las nubes, a veces en objetos domésticos o en los coches o las casas. Objetos que podrían ponerse a hablar en cualquier momento y contarnos apasionantes historias de las personas y hechos que comparten espacio y tiempo con ellos.

Esta configuración mental tiene que ver con la estructura de nuestro cerebro, un órgano como los demás, diseñado para facilitarnos la supervivencia y particularmente dedicado a la anticipación de los hechos o circunstancias.

De aquí que el cerebro trate de buscar y reconocer continuamente patrones que le permitan predecir qué va a suceder y escoger la opción más favorable.

En esta cualidad del ser humano ha influido decisivamente la imaginación y el desarrollo de herramientas de comunicación, como la pintura, el cine, o la televisión.

Para nuestra cultura no es nada extraño que los animales hablen, canten, bailen, se vistan como humanos y adopten sus personalidades.

Genios como Disney o Spielberg han impregnado nuestra conciencia con sus estereotipos, como antes lo hiciera Lewis Carrol en el XIX o Arcimboldo en el XVI.

Si el cerebro reconoce caras es porque probablemente ha sido una ventaja evolutiva para reconocer el peligro (los depredadores escondidos) o, por qué no, los rasgos más favorables de nuestros congéneres para tener con ello/as descendencia, como símbolo indirecto de salud o genética favorable.

En esto, como en todo, hay personas más predispuestas a reconocer esos parámetros y, en muchos casos, esas imágenes están buscadas a propósito por diseñadores o constructores, como acompañantes, antropomorfos que otorguen seguridad o compañía. Son esos amigos invisibles de muchos niños y no pocos adultos, o las mascotas, verdaderos ejemplos vivos de humanización de cualidades.

Este tipo de experiencias se ve favorecido por el uso de sustancias alucinógenas o por trastornos psiquiátricos, como la esquizofrenia, patológico o inducido por sustancias. Estas figuras han acompañado también nuestro desarrollo como especie y facilitado, quizá, la creación artística.

A la Pareidolia le podemos añadir otro concepto relacionado y aún más inquietante, la Apofenia, que describe la presencia subyacente de patrones de respuesta ocultos, pre-configurados, que podrían explicar algunos fenómenos de la naturaleza o respuestas sociológicas.

Estos patrones subyacentes son la base de muchas investigaciones científicas, epidemiológicas, climáticas, electorales o farmacológicas, por citar algunos.

La búsqueda de patrones en los fenómenos sociales y sanitarios es uno de los objetivos de muchos navegantes en las redes sociales y de herramientas de software que empleamos como apéndices de búsqueda o comunicación masiva, y también son útiles de desconocidos poderes para generar estados de opinión, preferencias de consumo o nuevos hábitos humanos, buenos o malos.

Los Algoritmos y el Big Data que gobernarán, si no lo hacen ya, nuestro Mundo están basados en el reconocimiento de esos patrones subyacentes. Como dijo el mítico y bíblico Rey Salomón, “nada nuevo bajo el sol”…

Armonía

La armonía es el equilibrio en las proporciones de las partes que constituyen un todo, que lanza un resultado con connotaciones de belleza.

La armonía se emplea habitualmente en la música y, en general, en las manifestaciones artísticas para explicar la relación entre las notas y sus acordes, su desarrollo y construcción.
Un conjunto armónico presupone belleza y esfuerzo, salvo casualidades, como las descritas en el cuentecillo del burro y la flauta.

Los conservatorios son los palacios de la armonía. Son un entorno donde las notas fluyen como el agua de los manantiales, con una naturalidad que hace parecer sencillo lo extremadamente complejo y que parece susurrar aun sin la presencia de músico alguno.

En un espacio tan emblemático y mágico como éste hemos tenido el privilegio de ser los pioneros de una nueva experiencia en la comunicación de la salud: los Encuentros MED+.

¿En qué consisten?

Son reuniones de comunicación e intercambio entre profesionales y público en un formato definido por el tiempo, 18 minutos, el entorno, la elocuencia del ponente y algunas imágenes como soporte y el calor del público presente. Pero para todos aquellos que no tuvieron la oportunidad de poder asistir, han de saber que los contenidos de esta cita se han grabado y producido para su redifusión y emisión a nivel global.

Los encuentros han sido sumamente interesantes, ya que profesionales de una trayectoria profesional excelente se han prestado a compartir su experiencia, no solo profesional sino sobre todo humana, de muy diferentes aspectos de la salud.

Desde la salud y educación infantil entregada a las pantallas de móviles y tabletas que pretenden remedar a los padres, los problemas del cáncer, la vitamina D y la medicina de proximidad de los médicos rurales a las dificultades en la gestión de nuestro sistema de salud, el liderazgo o la obsesión por la salud y su repercusión social y económica.

En mi caso tuve la oportunidad de hablar del “dolor del mundo”, de la manera que el sufrimiento nos selecciona a algunos para cuidar a los demás y cómo esa “com-pasión” nos lleva primero a interesarnos por la medicina y después a comprometernos en la atención a los demás.

Todos los sanitarios tenemos algo de románticos, de idealistas, una cierta vocación de servicio. Trabajar con personas siempre requiere un esfuerzo añadido de comprensión y empatía que, de momento, las máquinas no demandan, y eso genera una selección natural hacia aquellos que entienden que nuestra profesión va más allá de las competencias técnicas, y precisa muchas otras competencias transversales.

El dolor sin duda es un problema de primera magnitud, afecta en nuestro entorno alrededor del 20% de la población de manera crónica especialmente en la franja de población de mayores de 60 años, un espectro que no para de crecer por el envejecimiento progresivo de la población.

El dolor necesita una atención específica, recursos sanitarios, profesionales, tratamientos médicos e intervencionistas, pero sobre todo necesita un gran esfuerzo de concienciación ciudadana. El paciente debe asumir la responsabilidad de sus cuidados y adoptar hábitos saludables de alimentación, descanso, postura, esfuerzo, evitar el sedentarismo y practicar ejercicio físico de forma habitual.

Sin este compromiso todas las medidas van abocadas al fracaso y aun con ellos es muy complicado obtener un éxito completo. Podemos curar a algunos, aliviar a muchos y consolarlos a todos, pero no debemos conformarnos con eso.

La conjunción de la ciencia y el arte, de la comunicación oral en el marco de la forma más elocuente de comunicación que es la música, da a esta reunión un cariz especial por lo novedoso del formato y por el escenario, inundado de musas de las bellas artes.

La medicina es más que una ciencia o un procedimiento técnico: es una disciplina de y para humanos y no podemos renegar de ese humanismo. Nosotros, los profesionales concienciados, tenemos la oportunidad de forjar esa relación de confianza con nuestros pacientes

Esta vieja MEDICINA HUMANÍSTICA de la cercanía física y humana es también la nueva MEDICINA EXPLICATIVA del futuro, basada en las personas, pero también en las nuevas tecnologías.

Kairos: en el momento oportuno

El término Kairós (del griego καιρός), que proviene de la filosofía griega, hace referencia a la cualidad tiempo, a la realización de lo correcto en el momento oportuno.

No representa exactamente el tiempo numérico sino, más bien, a la intangible cualidad que supone el don de la oportunidad. Se dice “más vale llegar a tiempo que rondar un año”.

Este término proviene de la mitología griega, donde Kairós era el dios del clima y las estaciones. Se consideraba hijo menor de Zeus, padre de los dioses y de Tique (diosa de la suerte o la fortuna). Además, era nieto de Cronos, al que no conocía cuando éste reinaba. Por lo tanto, él era el heredero del tiempo. Se dice que Kairós era un dios que se pintaba calvo con un mechón de pelo y con unas alas y una balanza desequilibrada, no tenía una gran relevancia en el contexto de la mitología griega clásica.

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Hacer lo correcto en el momento preciso es una virtud. Hay personas que están dotados de ese don de la oportunidad, pero en muchos casos esta cualidad se puede desarrollar y potenciar, por ello, sea en la vida normal o en el ámbito de la salud y de la atención crítica, es imprescindible el entrenamiento.

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El entrenamiento, el ensayo, consiste en la repetición de comportamientos o actitudes estereotipados con un objetivo preciso: mejorar el rendimiento, acortar los tiempos, optimizar los resultados.

Se ha desarrollado una amplia doctrina en muchos ámbitos del conocimiento y la sociedad para mejorar la respuesta frente a situaciones infrecuentes, imprevistas o cargadas de enormes consecuencias, muchas veces irreversibles. Hablamos de las situaciones de emergencia. Hablamos de los simulacros en situaciones críticas, accidentes, incendios o tambiénn emergencias sanitarias.

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Los escenarios simulados permiten abordar problemas reales disminuyendo drásticamente el nivel de riesgo que se asume por parte de los afectados. Si hablamos de simuladores de vuelo o de conducción permiten reproducir carreteras, condiciones meteorológicas, nivel de tráfico que puede hacer compleja una situación normal, incluso abocarla a un desenlace fatal.   

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Esta es la clave en la reanimación cardiopulmonar: la situación de emergencia requiere una respuesta inmediata en tiempo y forma y, para poder realizarlo, necesitamos un adiestramiento específico. Dar la respuesta correcta genera beneficio, pero si la respuesta es incorrecta los resultados son fatalmente irreversibles.

Las experiencias aeronáuticas han cambiado radicalmente nuestra actividad diaria, con sistemáticas como el check-list o los análisis debriefing de las incidencias, para encontrar la razón de la crisis.  

La repetición tutorizada, la recreación de escenarios complejos de crisis de salud, permiten afrontar las situaciones de gravedad con un automatismo entrenado, no solo desde el punto de vista de las maniobras correctas o los medios técnicos, sino también el manejo de las situaciones de comunicación, relación, trabajo en equipo o liderazgo que matizan nuestra respuesta técnica. Las han dado en llamar habilidades no técnicas, tan importantes o más que las técnicas en muchas circunstancias. Todos hemos presenciado situaciones en las que personas con enorme competencia profesional, se aturrullan o se derrumban por el impacto emocional o la urgencia o severidad del problema analizado.

Como ya he comentado, muchas habilidades o condiciones son innatas, pero muchas otras pueden desarrollarse o aumentarse con el entrenamiento casi como un reflejo condicionado. Muchas actividades de nuestra vida las realizamos de forma casi automática en el día a día: desde lavarnos los dientes a estacionar un vehículo, pero lo que sucede es que tenemos interiorizado un método de respuesta o funcionamiento que no necesitamos pensar completamente.

En esto consisten los protocolos y algoritmos, itinerarios de respuesta con un árbol de decisión estipulado que, conociéndolo, casi nos lleva a una única dirección, como si transitáramos por la vía de un tren.

Es imprescindible la reflexión pero, para poder pensar necesitamos ganar el tiempo de vida de la víctima, realizando maniobras estereotipadas de resucitación, compresiones de alta calidad y ventilaciones, a ritmo, intensidad y localización correctas (30/2) centro del tórax.

Urge pedir y utilizar un desfibrilador eléctrico para revertir un ritmo adverso y apoyar nuestra reanimación. Cada minuto de demora reduce la supervivencia un 10%, es necesario acelerar la disponibilidad de desfibrilador, colocarlo precozmente y usarlo lo antes posible.

Si conocemos los ritmos conviene utilizarlo si es necesario (TV SIN PULSO o FV). Si no los conocemos, basta actuar cuando el aparato nos lo indique.

El kairós de esas vidas somos nosotros, cualquiera que pase por delante como “actor protagonista”, cualquiera que sepa el procedimiento del equipo de RCP, porque “el que salva una vida, salva al mundo entero” decía La Torá, el libro sagrado de los judíos, y bien vale esa vida el enorme esfuerzo de formación que precisa concienciar a la sociedad y a los profesionales.