No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra, No a la guerra

No es una errata, es una repetición, una redundancia, un recurso literario y comercial que refuerza una idea y que, muchas veces, de una forma inocente e inadvertida, cala en nuestro pensamiento.

Una vez más en los últimos tiempos volvemos a vivir una situación que parece de otro tiempo, que pensábamos que teníamos superada, que formaba parte del pasado o de la mezquindad de países y regímenes alejados de la centralidad de nuestra todopoderosa y acomodada cultura occidental.

En los últimos años hemos asistido a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, a una pandemia que se ha llevado la vida de cientos de miles de seres humanos, ha obligado a confinar la sociedad y cerrar toda su actividad económica cultural, que ha saturado nuestros sistemas de salud hasta la extenuación y casi la quiebra…

También a la enorme capacidad de respuesta de científicos y empresas de todo el mundo para dar respuesta a esa crisis de salud, y el generoso y denodado esfuerzo de los sanitarios en pro de la recuperación del pulso de los enfermos y de toda la sociedad.

Y cuando las curvas y variantes parecían decaer definitivamente, cuando la inmensa mayoría de la población se encuentra vacunada y casi a salvo de enfermedad grave, una enfermedad mayor comienza a asolar de nuevo Europa por el este: la guerra.

La guerra es un fenómeno humano, pretende el sometimiento del adversario y la imposición por la fuerza de la voluntad de los contendientes. La guerra supone al menos dos adversarios y casi siempre la inicia uno con algún pretexto más o menos confirmado.

“Toda guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a la fuerza del mal”, ha expresado el pontífice vaticano, refiriendo una cita de su última encíclica ‘Fratelli tutti’ sobre la fraternidad.

La guerra es tan antigua como el hombre y consustancial a su naturaleza, sea real o de ficción. Cuando hay algo en litigio, como pasó con la exuberante Helena de Troya, se disparó la guerra entre griegos y troyanos, pero en otra épocas fue el dominio de la distribución y comercio de las adormideras en el sudeste asiático, la hegemonía en un territorio, en un mar o en el universo.

Hemos usado hasta la saciedad el símil de la guerra en la pandemia, lo poderoso y resistente de nuestro enemigo, la necesidad de emplear armas eficaces que actuaran frente al virus sin dañar nuestros organismos, la necesidad de una respuesta no solo individual sino colectiva, la necesaria prevención y tratamiento precoz y la generación de estrategias coordinadas para evitar nuevos ataques tan masivos y fulminantes.

En una contienda siempre, lo que primero se destaca es la potencia de las armas y la determinación de los cabecillas, viniendo en segundo lugar, los costes en el corto plazo en armamento y suministros.

Los daños sobre infraestructuras civiles y las víctimas, se consideran en segundo lugar y, por desgracia, el trastorno sobre la salud no se limita a heridas o mutilaciones. Las sociedades en guerra y en postguerra son sociedades emocionalmente enfermas de miedo, de odio, de rencor, que son males mucho más difíciles de curar.

¿Cómo podemos actuar los no alineados? Llamando a la cordura, pidiendo sensatez, dialogo, voluntad de entendimiento, aplicando sanciones, estrechando el cerco sobre otras materias paralelas que puedan lesionar intereses incluso aplicando fuerzas de interposición para evitar el sometimiento del más débil…

Como la historia nos enseña, algunos personajes del pasado, debido a su experiencia previa, tienen una idea rumiada durante años, que van madurando hasta que encuentran un momento de debilidad.

No son muy distintos de los virus oportunistas, como el virus del herpes, acantonado, silente, esperando su momento, distribuyéndose tanto como permiten los mecanismos de defensa del huésped, que casi siempre precisa de ayuda experta para reducir su expansión, mitigar sus efectos dañinos y conseguir una recuperación más o menos completa (muchas veces con secuelas de lesiones o dolor durante años).

La única vacuna contra la guerra, como frente a otras enfermedades de nuestra especie, es la prevención y el tratamiento precoz. La cirugía casi siempre va a ser traumática, con pérdida de estructuras y de función y secuelas de por vida, aunque, a veces sea la única solución viable. Esperemos que en este caso escapemos sin tener que pasar por quirófano.

Publicado por Dr. Alfonso Vidal

Director de las Unidades del Dolor del Hospital LA LUZ (Madrid) y del Hospital SUR (Alcorcón, Madrid). Grupo QUIRÓNSALUD Profesor de Dolor en la Univ. Complutense Madrileña

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