En una reciente reunión científica, en el contexto del contacto informal con otros ponentes, conocí la existencia de este libro, escrito en 1942 por Milton Silverman, investigador y doctor en ciencias. En esta obra realiza la semblanza de otros investigadores y pioneros de la Ciencia y la Medicina.

El libro, pese a estar descatalogado, puede conseguirse de forma casi detectivesca en librerías y webs especializadas en libros antiguos. Publicado como “Magic in a bottle”, el ejemplar que yo conseguí fue impreso en Buenos Aires, en 1947.

Resulta muy sorprendente comprobar que existen relatos fascinantes sobre la historia de la ciencia que, pese a su antigüedad, siguen estando vigentes, no por la novedad de sus contenidos o por la descripción de principios activos o soluciones terapéuticas, sino por el ejemplo de abnegación, cargado de trabajo, conocimiento y, por qué no reconocerlo, de intuición y suerte.

Comienza hablando de la vida de Frederick Sertuerner, de muchos conocido, por ser quien descubrió y aisló por primera vez una sustancia derivada del opio que bautizó como morfina, en honor del dios del sueño, Morfeo.

Sertuerner no fue la primera persona que utilizó el opio para alivio de dolor o mejora de descanso en personas enfermas, cuando comenzó a trabajar como ayudante de farmacia del Sr. Cramer, a la edad de 16 años, forzado por la necesidad de una madre viuda con gastos, hijos en abundancia y escasez de recursos.

Su vocación de ingeniero no pudo llevarla a efecto pero inició su colaboración con Cramer demostrando su capacidad para reparar instrumentos del laboratorio e incluso diseñarlos. Esto le ayudó a ganar la confianza del farmacéutico, que le enseñó el secreto de la preparación de las mezclas y destilados empleados en esos albores del siglo XIX.

Tras observar que los cristales de opio que se administraban a veces daban resultado y otras no, a veces en exceso, a veces en defecto, tuvo la intuición de que había algo en esa presentación que producía el mágico efecto y otras no.

Trabajó con medios rudimentarios y de forma clandestina, haciendo precipitados y mezclas con ácidos y amoniaco, obteniendo varios compuestos diferentes y finalmente detectando un alcalino descrito que sería el que produciría el efecto deseado.

El descubrimiento no estuvo exento de polémica, incluyendo la publicación del mismo, debido a la reivindicación de la autoría por parte de otros investigadores franceses con una más que evidente contaminación nacionalista en cada uno de las controversias.

La investigación la realizó con pequeños animales domésticos, con algunos insensatos voluntarios y en él mismo. Con enorme atrevimiento y riesgo vital, pero con el éxito y la repercusión universal.

Sorprendentemente, se trasladó de Einbeck a Hamelin para evitar la presión social debida a su descubrimiento…y quizá para conseguir de forma más sencilla animales de experimentación, con una flauta, como el personaje de los hermanos Grimm.

Cuando llegó a la edad de 57 años comenzó a padecer dolores terribles. Por su debilidad no podía tomarla por la boca y solo y sin la existencia de la aguja hipodérmica, falleció sin alivio.

Como en todas las historias, la sustancia, su utilización, comercio y las consecuencias del uso y abuso, acarrearon terribles episodios de confrontación económica y política, guerras del opio y la invención de una sustancia heroica para tratar su adicción, la Heroína.

Paradojas del destino, una sustancia de síntesis mucho más adictógena que ha causado enormes secuelas en toda una generación de hombres y mujeres ya en el siglo XX.

Actualmente estamos asistiendo, como con la pandemia del coronavirus, al repunte de una nueva ola de afectados. En este caso la epidemia es con el fentanilo, sustancia de enorme utilidad terapéutica, pero muy peligrosa si se utiliza de forma poco prudente y que está causando enormes estragos en países como Estados Unidos, con cifras de miles de muertos por sobredosis.

El tiempo y la ciencia tienen un nuevo reto para intentar controlar la situación actual y prevenir la siguiente ola.

Publicado por Dr. Alfonso Vidal

Director de las Unidades del Dolor del Hospital LA LUZ (Madrid) y del Hospital SUR (Alcorcón, Madrid). Grupo QUIRÓNSALUD Profesor de Dolor en la Univ. Complutense Madrileña

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