De las muchas teorías psicológicas que explican el comportamiento de las personas, una de ellas es el refuerzo de las conductas favorables mediante el premio y elusión de las desfavorables mediante el castigo.

Esa dicotomía, palo y zanahoria, que emplean ganaderos, maestros, padres y otros colectivos, está basada en el razonable equilibrio que debe existir entre el elogio y la crítica.

Con independencia de oficios y personalidades, a nadie le amarga un dulce y el reconocimiento supone una compensación de esfuerzos, desvelos y estudios, que muchas veces no se encuentran de una forma tan directa a la hora de recoger la nómina al final de mes.

El dinero, que es el gran embajador universal del intercambio, muchas veces no compensa ni justifica nuestra dedicación.

Casi siempre tiene que haber algo más que la estricta y única cuenta de resultados, son esas compensaciones que hemos dado en llamar el contrato emocional y que sirven para entender por qué muchos profesionales de la salud cobran por su trabajo o por su dedicación, menos que otros con menos cualificación en los que la tarifa es libre.

La salud es lo más importante para casi todos, pero no hay una relación directa entre importancia y responsabilidad, ni entre reconocimiento y remuneración.

Recibir un premio, un reconocimiento, un homenaje, suele compensar los sinsabores que consustancialmente tiene una profesión dedicada a la atención a las personas, con los medios necesariamente limitados por la capacidad de la ciencia y de quien la administra.

El castigo casi siempre va implícito y tiene que ver con los resultados insuficientes, con la falta de eficacia y también con las complicaciones que desgraciadamente nos acompañan como una losa o si lo prefieren como una espada de Damocles en todos y cada uno de los momentos de nuestro trabajo.

Lo mismo sucede desde el punto de vista del paciente. Para muchos, el premio es la curación, al menos el alivio de enfermedades crónicas graves, incapacitantes, pero a veces el premio es el diagnóstico que reduce incertidumbre o la atención frente a problemas que tienen mala respuesta al tratamiento y que producen incomprensión y rechazo en sanitarios y en la población, estigmatizando a los afectados como si de una especie de apestados se tratara.

El castigo para los pacientes suele ser el sufrimiento, la incapacidad, la soledad, la falta de libertad y atención. Ser escuchado suele tener un efecto casi mágico de mejoría sobre nuestros pacientes, por más que no cambie el diagnostico, el tratamiento y/o el pronóstico.

Recibir el “Premio Nobel” o el “Princesa de Asturias”, un “Premio Nacional” o el “Oscar” o el” Premio Planeta”, galardones de gran prestigio, sirve para reconocer la trayectoria de un profesional y también para dar visibilidad a su trabajo y el de su colectivo ¡Bienvenidos sean, si es que por azar o por esfuerzo acaban llegando!

Mientras tanto, nos conformaremos con el premio que supone el agradecimiento de nuestros pacientes cuando reconocen nuestro esfuerzo y cuando conseguimos en ellos un alivio, una mejoría y ocasionalmente la cura de su dolor.

Porque no hay mejor premio que una sonrisa y les aseguro que en estos tiempos pasados de espanto y horror ha sido el premio más reconfortante, ese que permanecerá inmarcesible en nuestros corazones.

Publicado por Dr. Alfonso Vidal

Director de las Unidades del Dolor del Hospital LA LUZ (Madrid) y del Hospital SUR (Alcorcón, Madrid). Grupo QUIRÓNSALUD Profesor de Dolor en la Univ. Complutense Madrileña

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