La formación en dolor es otra asignatura pendiente en nuestra sociedad. Cuando analizamos los conocimientos de los profesionales en los temas de dolor, son como los rendimientos de las fincas expropiables, manifiestamente mejorables. Pero, ¿qué se debe saber de dolor, quién debe saberlo y quién debe enseñarlo? Vayamos por partes

¿Quién debe saber de dolor?

Esta pregunta es la de respuesta más sencilla. Todo el mundo. Todos y cada uno de los seres humanos debemos saber de dolor. De hecho, de una forma natural vamos aprendiendo, el dolor del nacimiento, del que no nos acordamos, los dolores de la infancia, del crecimiento, de muelas, de la juventud y sus excesos, los dolores de la madurez y de sus primeros achaques o los de la vejez, dolores finales.

Toda nuestra vida estalla de dolor, de dolor y de salud. La salud es una situación inestable que precisa un continuo mantenimiento. Probablemente nunca es completa, siempre hay pequeños desajustes que necesitan cuidados.

El dolor, como elemento de la vida, es necesario conocerlo y saber interpretarlo. Sin duda, cada uno somos los primeros que debemos aprender de dolor. Ese aprendizaje a veces puede costar una vida, o a veces, puede costar la vida, mejor escarmentar en cabeza ajena y pedir ayuda. Otros con más experiencia, nos pueden ayudar o aquellos que tengan una educación específica.

Así pues, todos los ciudadanos deberían tener una educación básica sobre este tema, y sobre muchos otros, como reanimación, educación vial, hacienda, marketing, idiomas, etc. Si todos los ciudadanos deberíamos tener nociones básicas, por supuesto, los profesionales de la salud mucho más y con más motivo.

Cuando los pacientes necesitan ayuda, acuden a los profesionales de salud de su confianza, necesitan que les entiendan, que sepan interpretar sus problemas y conozcan la solución a los mismos, también los efectos secundarios y las alternativas. Por todo ello, los sanitarios debemos conocer qué es el dolor, sus variedades, sus síntomas, sus complicaciones, los medios de diagnóstico y tratamiento y las consecuencias del mismo.

Nuestra medicina especializada ha hecho que muchos aspectos de la salud sean casi exclusivos de algunas especialidades médicas: cuando se rompe un hueso, acudimos al traumatólogo; los partos los hacen los ginecólogos; y los dientes los cuidan los dentistas. Sin embargo, el dolor, es lo bastante amplio, versátil y complejo, como para formar parte de la rutina de casi todos los profesionales de la salud, otra cosa es que guste o no, que tengamos la formación adecuada y que no pueda haber otros que sepan más.

En resumen, los sanitarios, los médicos especialmente, debemos saber de dolor. Probablemente, tanto como podamos, y en todo caso, lo necesario para nuestra práctica diaria. Añadiría la conveniencia de saber qué hacer o a quién enviar los casos que se escapen de nuestro conocimiento o experiencia, un especialista de referencia. Si a lo que nos dedicamos es al dolor, esta obligación es mucho mayor.

¿Quién debe facilitar esa formación?

Las autoridades deben garantizar esa formación bien sea directamente o por delegación, en entidades particulares. La formación de grado, en medicina, enfermería, odontología, fisioterapia… Debieran incluir en los programas de formación, temas relacionados con el dolor. No todos los programas, ni todas las universidades tienen temas específicos y, en todo caso, no parece suficiente según se ha sabido por ciertos estudios. En muchos casos, el dolor es tratado de forma muy colateral y raras veces de forma exhaustiva.

Si en el grado, falta un esfuerzo, en las especialidades médicas en muchos casos el dolor es un elemento accesorio que sólo sirve para etiquetar al paciente y enfilarlo a un tipo de tratamiento médico o quirúrgico de su patología sin recibir atención específica. El dolor crónico se convierte en un fracaso de la terapia inicial que genera ansiedad en pacientes y médicos y que lleva a una merma de la confianza mutua necesaria entre ambas partes.

Quedaría por aclarar si la formación continuada permitiría remediar estos déficits, si la iniciativa privada de entidades o compañías proveedoras de material, equipo o fármacos, deben tener un papel y si las asociaciones científicas, colegios profesionales u otras entidades incluidas las asociaciones de pacientes deben tener esa responsabilidad.

Creo que la respuesta es que todos deben tener un papel, ya que el problema es suficientemente amplio y difícil como para necesitar de todas las iniciativas: todos los esfuerzos suman y todos son necesarios.

Quizá una regulación más clara por parte de las autoridades, planes específicos nacionales o supranacionales. Esfuerzos de coordinación de expertos y sociedad civil son necesarios ahora más que nunca para optimizar unos recursos limitados, en una población cada vez más envejecida.

Publicado por Dr. Alfonso Vidal

Director de las Unidades del Dolor del Hospital LA LUZ (Madrid) y del Hospital SUR (Alcorcón, Madrid). Grupo QUIRÓNSALUD Profesor de Dolor en la Univ. Complutense Madrileña

Deja un comentario