El dolor es una experiencia compleja, mediatizada por el sistema nervioso, que se constituye desde la percepción a nivel periférico en la piel, músculos, huesos, órganos, con terminaciones sensitivas neuronales que llevan esa información a los ganglios raquídeos (primera estación), a la medula espinal, (segunda estación), a los núcleos cerebrales basales (tercera estación) y a la corteza cerebral (cuarta estación y final de trayecto).

Desde aquí vuelve hacia la periferia, haciendo paradas semejantes hasta llegar a mano, pie, oreja, intestino, rodilla o músculo cuádriceps, y genera movimiento, frotamiento, tensión muscular, secreción, tiritona, etc.

Esta es la ruta sencilla y habitual, pero a veces un estímulo mantenido en el tiempo, especialmente intenso o con afectación de las estructuras nerviosas, da lugar a una perpetuación de la señal de alarma, un incremento progresivo o una inadecuación entre estímulo y respuesta.

Este cuadro de perpetuación y amplificación de dolor lo denominamos sensibilización y si se sitúa en el sistema nervioso central, sensibilización central.

La sensibilización central es una amplificación del impulso nervioso dentro del sistema nervioso central que produce una hipersensibilidad al dolor. Tanto las vías ascendentes como descendentes están hiperactivas y alteradas. Si la vía ascendente esta hiperexcitada y la descendente inhibidora está alterada, el resultado en una progresiva y creciente activación del dolor.

Si las estructuras de control o gobierno están alteradas o metidas a presiones externas incontroladas muchas veces se corre el riesgo de perder el control, como sucede en el mundo actual, cuando los virus invaden el mundo, la intransigencia e insensatez de políticos empujan a la muchedumbre a la algarabía o la nieve anega de manera imprevista la capital de un estado, colapsando todos los mecanismos normales de control interpretación y respuesta.

La sensibilización central se suele asociar a algunos cuadros clínicos, en la edad media de la vida y aparece más en mujeres, aunque puede afectar a alrededor de un tercio de los pacientes con dolor crónico mantenido.

Como siempre, los factores que hacen mayor la prevalencia en mujeres siguen siendo controvertidos, apuntándose factores genéticos, hormonales o de comportamiento aprendido frente al dolor.

Las patologías que suelen asociar esta sensibilización central van desde la artrosis de rodilla a la lumbalgia o las cervicalgias. Muchas patologías de etiología multifactorial muy inespecífica, como la fibromialgia, tracanteritis, epicondilitis, etc., que cursan con un dolor crónico inespecífico, podrían tener en su raíz la sensibilización central del dolor.

Capítulo aparte merece la migraña en sus diversas presentaciones. No encontramos lesiones y sólo apreciamos un mal funcionamiento que desgraciadamente somos incapaces de gobernar. Esa sensibilización se atribuye a múltiples factores, muchos de los cuales quizá pudieran reorientarse con técnicas de aprendizaje de uno mismo.

Como apunta el maestro de la neurobiología del dolor Arturo Goicoechea, “las palabras y las etiquetas pueden tener una gran potencia en decantar una situación en un sentido o su contrario, por lo que deberíamos ser rigurosos al emplearlas y positivos al nombrar enfermedades o enfermos”.

Somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. Entendidas estas afirmaciones con los razonables límites del conocimiento, tanto médicos como pacientes debemos emplearlas a favor de la mejoría y la búsqueda de soluciones.

El tratamiento debe partir del conocimiento, descartando otros cuadros centrales, procesos neoplásicos, esclerosis u otros trastornos. Se debe basar en los médicos de atención primaria como pilar central, pero abrirse a una colaboración multidisciplinar, como en gran parte de la patología crónica dolorosa. Reumatólogos, rehabilitadores, fisioterapeutas, traumatólogos, neurólogos, neurocirujanos, especialistas en dolor, deben remar al unísono con pacientes y familiares. No es tarea fácil por el esfuerzo, la constancia y, cómo no, la necesaria coordinación.

La sensibilización central puede tener un abordaje farmacológico, con analgésicos convencionales, para posteriormente asociar neuromoduladores del tipo pregabalina, gabapentina, amitriptilina, topiramato, lacosamida, lamotrigina, eslicarbamacepina, duloxetina y un largo etc. de medicamentos antidepresivos y antiepilépticos.

Éstos, al regular la trasmisión nerviosa por reducción en la receptación de serotonina y noradrenalina, normalizan la amplificación de la señal y reducen su intensidad y el impacto sobre la vida del paciente. Bien es cierto que lo hacen a costa de producir una reducción en la atención, una cierta somnolencia y algunos otros síntomas en la memoria y el pensamiento, como un cierto atontamiento y somnolencia leve.

De otro lado conviene el refuerzo de hábitos de vida saludables en la alimentación y la actividad, apoyados en ejercicio reglado, como Pilates, Yoga y ejercicio en piscina, caminar o hacer bicicleta todos los días, asegurar un descanso diario satisfactorio. Recomendaciones que son extensibles a todos los pacientes con patología crónica e incluso a toda la población enferma o sana.

Publicado por Dr. Alfonso Vidal

Director de las Unidades del Dolor del Hospital LA LUZ (Madrid) y del Hospital SUR (Alcorcón, Madrid). Grupo QUIRÓNSALUD Profesor de Dolor en la Univ. Complutense Madrileña

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