Nuestro conocimiento sobre la realidad y la explicación que damos a los fenómenos se origina en la experiencia que otros han tenido y compartido con nosotros a lo largo de los años. Hemos ido sumándola y convirtiéndola en una herencia cultural y científica.

A esta herencia, lógicamente, hemos ido incorporando la mirada crítica y la experiencia individual de cada uno, haciendo que algunas de las prácticas o herramientas heredadas hayan sido reemplazadas por otras nuevas que han demostrado mayor eficacia.

Hago esta introducción para hablar del tema que nos ocupa hoy, la “PSICOLOGÍA DEL DOLOR”. La teoría aristotélica que separaba el cuerpo y el alma, que ha servido para rellenar infinidad de páginas, escribir relatos y tratados, hemos confirmado que es incierta: el pensamiento, las sensaciones, las emociones, los sentimientos, todo está en el cuerpo.

Lo que sucede es que está en partes especificas del cuerpo, fundamentalmente en el sistema nervioso que, como otro sistema orgánico, está sujeto a las leyes de la fisiología: haciendo que las células se activen o no, en función de los niveles de electrolitos (sodio, potasio, cloro, etc.) y de los potenciales eléctricos o los gradientes eléctricos que se suceden en las membranas celulares y que generan movimiento, secreción o bloqueo, según el caso.

Esta explicación inicial sirve para plantear la base del tema que quiero comentar que son los aspectos psicológicos del dolor: el dolor iniciado o potenciado por problemas psicológicos y los tratamientos principales o coadyuvantes que desde la psicología se pueden aportar a la patología dolorosa.

Sin duda, la mente humana y su funcionamiento plantean aún muchas incógnitas, pero sería absurdo no contemplar esos aspectos como elementos constituyentes de una respuesta fisiológica y humana frente a una lesión o un mal funcionamiento del cuerpo.

El dolor, cuando se hace crónico, puede tener un impacto terrible en todos los aspectos vitales de la persona: socialmente porque altera y reduce la relaciones sociales, especialmente con los más próximos amigos y allegados; segundo laboralmente puede llegar a alterar la capacidad de trabajo, haciendo sentir a la persona un sentimiento de inutilidad y afectando también a su rendimiento económico; y por último, relacionalmente puede dañar significativamente los vínculos de familia y de pareja, al afectar las expectativas de los seres queridos.

La labor del psicólogo debe ser la de abordar, de una manera terapéutica, todos los aspectos del dolor, sensaciones incontrolables, limitaciones de la capacidad corporal, pérdida del contacto social, etc. y hacerlos más soportables.

Las relaciones emocionales, en el caso del dolor crónico, pueden llevarnos a entender que todos nuestros esfuerzos para evitar el dolor son inútiles, produciendo un sentimiento de fracaso, impotencia e irritación, precipitándonos a la depresión y al desánimo mantenido.

No debemos confundir dolor y sufrimiento, ya que el sufrimiento es una reacción afectiva, emocional, lo que nos sucede con la pérdida de un ser querido o el miedo a una desgracia. Aprender a distinguir la respuesta fisiológica del dolor a la sobrecarga que supone esa interpretación emocional que genera el sufrimiento, es imprescindible para sobrellevar situaciones que se han cronificado y evitar que afecte a todas las esferas de nuestra vida y las de los que nos rodean.

El papel del psicólogo debe ser tratar de salir de los círculos viciosos que se plantean en la cronicidad. Hay que aceptar las situaciones crónicas sin dejar de afrontarlas, tratando de mantener nuestras rutinas de vida y aceptar la realidad. No supone resignarse completamente a ellas, sino aceptar nuestras limitaciones, no quiere decir que dejemos de hacer planes.

La aceptación abre el camino para encontrar la actividad que se acomoda a nuestra capacidad, aunque suponga modificar nuestras expectativas. No implica quedarse con el sufrimiento que se tiene. Debemos comprender nuestras sensaciones y esto nos ayudará a disminuir la ansiedad, el miedo y la depresión.

Herramientas como la relajación o el bio-feedback, las técnicas cognitivas como la reestructuración o la terapia racional emotiva, las técnicas operantes de potenciación de actividades, la hipnosis, la asertividad, el entrenamiento en habilidades sociales, las terapias cognitivo-conductuales, han demostrado una eficacia muy importante en el tratamiento del dolor crónico.

Por todo lo anterior, la presencia de un gabinete psicológico, dentro de la atención integral al dolor se hace relevante y en gran medida imprescindible, algo que nuestro equipo tiene muy en cuenta con la aportación de profesionales implicados e informados para tal fin.

Todos podemos ayudar a resolver los problemas genéricos, pero esos siempre los resolverá mejor el técnico o el especialista. En esa materia, los aspectos psicológicos del dolor los conducirá mejor un psicólogo/a, por lo que es muy relevante disponer de sus servicios.

Publicado por Dr. Alfonso Vidal

Director de las Unidades del Dolor del Hospital LA LUZ (Madrid) y del Hospital SUR (Alcorcón, Madrid). Grupo QUIRÓNSALUD Profesor de Dolor en la Univ. Complutense Madrileña

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