Las adicciones son trastornos crónicos recurrentes, caracterizados por la repetición de conductas de forma compulsiva, incluso pese a los posibles problemas que pueden acarrear. Esto incluye la utilización de sustancias o medicamentos y también comportamientos, como la participación en juegos de azar, bingos, ruletas, máquinas tragaperras o visión de pantallas, redes sociales, pornografía, o el trabajo; y, desde luego, el consumo de sustancias estupefacientes.

Las adicciones tienen varios componentes, que son muy necesarios tener presentes para poder afrontarlos.
En primer lugar, la neurofisiología de la adicción, que está basada en los circuitos de recompensa producidos por neurotransmisores como la dopamina. Los niveles de dopamina en el sistema nervioso producen un refuerzo positivo de los comportamientos realizados de alguna manera, como ya anticipaba Skinner en sus experimentos de conductismo: comportamientos que producen un beneficio son reforzados de forma creciente y esto sucede como muchas cosas en la vida, cuando uno gana, o cuando obtiene relajación o energía extra.

En segundo lugar, la personalidad en cuestión. Nuestros comportamientos están mediados, no solo por nuestra estructura neurofisiológica, sino también por nuestro aprendizaje, nuestra educación y la impregnación que hemos tenido a lo largo de la vida de determinados estímulos. Antes de la existencia de los teléfonos móviles, hablar de adicción a las pantallas era mucho más infrecuente, pero desde la aparición de la televisión muchas personas han dedicado su tiempo al seguimiento de los programas que se emitían de una forma prácticamente compulsiva. Así podemos deducir que son diferentes estímulos los que pueden generar adicción y, en muchos casos, unos reemplazan al otro por su mayor capacidad de acaparar toda la atención.

Por último, el estímulo que genera la adicción lo producen las pantallas de móviles con redes sociales y el Scroll infinito; las televisiones con sus programas de tele realidad; la pornografía con la presencia de cuerpos esculturales en situaciones inverosímiles; el sexo; las máquinas de juego, los casinos online o presenciales, cargados de estímulos luminosos y sonoros; y por último, la sustancias químicas como el alcohol, el tabaco, la nicotina, las benzodiazepinas, los opioides, la cocaína, la Ketamina, el Protóxido de nitrógeno, los hongos alucinógenos y algunos otros que, en mayor o menor medida, se asemejan en su mecanismo de acción y adicción.

Los síntomas de las adicciones incluyen el deseo compulsivo de participar en comportamientos o consumir sustancias, la pérdida de control sobre la cantidad o frecuencia, la tolerancia y los síntomas de abstinencia cuando se interrumpe el consumo, la persistencia en el comportamiento, pese a las consecuencias negativas, y la interferencia sobre la vida normal de la persona.

Muchas de las adicciones no tienen más control que el sentido común o las recomendaciones de profesionales, o incluso de seres queridos. La televisión, las pantallas, el alcohol están omnipresentes en nuestra sociedad y accesibles. Desgraciadamente, para todas las edades a veces una adicción lleva a otra y acaba grabando el problema hasta límites insospechados.

Muchas veces nuestros pacientes acuden a consulta con el temor de utilizar analgésicos mayores por el riesgo de convertirse en adictos y necesitar dosis progresivamente crecientes de las sustancias que empleamos. La respuesta para ellos y la que también quiero recalcar en este post, es que las sustancias, por sí mismas, no son suficientes para generar una adicción por más que pueda ser sustancias que requieren un control y una prudencia. A la hora de manejarlas, no le atacan desde la caja de comprimidos, inoculándole sustancias que les convierten en autómatas esclavos de sus pulsiones. Las sustancias que producen adicción, en primer lugar, necesitan de la voluntad del afectado para utilizarlas y, en segundo lugar, de la falta de voluntad para emplearlas con moderación o dejar de emplearlas.

Afortunadamente, nuestra legislación sanitaria es muy protectora, dificultando o impidiendo la utilización de sustancias que están bajo control estricto y además los profesionales responsables de su prescripción tienen el compromiso y la formación para reducir al máximo el riesgo de adicción de tolerancia que pueden producirse.

Los opioides, la morfina, el fentanilo, la oxicodona, son medicamentos y sustancias seguras, empleándolas de una forma controlada y razonable, como lo es un cuchillo de cocina, que es un instrumento útil, imprescindible y omnipresente en nuestras cocinas, pero que también puede ser un arma mortal, empleado de una forma inadecuada. De ahí, la necesidad de formación de los profesionales y de los pacientes. Otras sustancias, como las benzodiazepinas, se miran con mucha más tolerancia y hoy por hoy sabemos que en España tenemos una tasa de utilización de las mismas muy superior a la de otros países de nuestro entorno, sin estar estigmatizadas como nocivas.
Los medicamentos deben emplearse bajo prescripción y control de los profesionales con la prudencia que corresponde tanto por parte del terapeuta como del paciente.

¿Qué decir de otro tipo de hábitos, como el juego, las pantallas u otro tipo de sustancias como el tabaco o el alcohol? Es responsabilidad de todos como sociedad.
Es responsabilidad de todos los profesionales y es responsabilidad individual de cada uno enfrentarse a los riesgos que tiene la vida y afrontarlos, primero, con la voluntad de resolución y segundo con la demanda de ayuda, pero sin rechazarlos, simplemente por las noticias de los medios de comunicación social.

No puedo terminar este Post sin recordar a nuestros familiares, amigos y conocidos venezolanos afectados por la tragedia producida por fenómenos naturales, y agravada por la incapacidad y falta de voluntad de los responsables nacionales e internacionales. Un abrazo solidario para aquellos que están sufriendo el dolor de una pérdida y de las secuelas físicas, psicológicas, económicas y sociales. ¡Fuerza y ánimo, nos vemos y leemos a la vuelta!
