El próximo viernes, 5 de junio, es el Día Mundial del Medio Ambiente. Todo médico que aborda el dolor crónico ha vivido situaciones parecidas a esta: el paciente llega, se sienta y, casi ritualmente, antes incluso de poder hablar de cómo pasó la semana, dice: «Doctor, el clima ha cambiado y me siento peor».

Puede parecer una queja vaga, pero es una experiencia común y real. La cuestión no es si el entorno afecta al dolor, sino cómo y por qué lo hace con tanta precisión.
Empecemos por lo más obvio: la presión atmosférica baja antes de una tormenta, un efecto familiar para pescadores y pacientes artríticos. Conforme disminuye la presión, los tejidos corporales, especialmente las articulaciones inflamadas o dañadas, se expanden ligeramente. Esta leve hinchazón no es notoria a simple vista, pero las terminaciones nerviosas la registran y desencadena el dolor.

Esto no es imaginación; es física aplicada. De forma similar, los niveles de humedad influyen. Un ambiente húmedo se enfría más rápido que uno seco. Como mecanismo de protección los músculos se tensan, lo que acaba provocando dolor. Quienes viven cerca del mar o en zonas con niebla lo saben bien, y cada mañana lo recuerdan con dolor en hombros, espalda y rodillas.

El frío también determina, provoca vasoconstricción, reduce el flujo sanguíneo y causa rigidez muscular. Los pacientes con fibromialgia lo describen como si llevaran un traje de plomo. Quienes padecen artritis notan que sus articulaciones están más ásperas. Por eso, no es casualidad que el número de consultas médicas por dolor musculoesquelético aumente en invierno. Pero no es solo de las temperaturas.

La contaminación atmosférica también causa dolor. Las partículas finas dañan los pulmones y atraviesan la barrera alvéolo-capilar, entrando en el torrente sanguíneo y provocando una leve inflamación sistémica. Esta afección silenciosa sensibiliza los receptores del dolor.
Un estudio reciente ha demostrado que, en días con alta contaminación atmosférica, aumenta el número de visitas a urgencias por migrañas y crisis de dolor entre los pacientes con artritis reumatoide. El aire que respiramos se convierte en una señal de alarma para nuestro sistema nervioso.

A esto se suma un factor menos tangible pero igualmente real: la luz. Los cortos y grises días de invierno alteran nuestro ritmo circadiano. Menos luz durante el día provoca mayores niveles de melatonina, mayor fatiga y menor actividad. La falta de movimiento impuesta por el mal tiempo es, en sí misma, causa de rigidez y dolor. Se genera un círculo vicioso: duele, no te mueves, y duele aún más.
El entorno construido también influye: una planta baja húmeda no es lo mismo que un séptimo piso seco y soleado; tener ascensor es diferente a no tenerlo; las calles en mal estado vibran al caminar sobre ellas; el ruido constante causa estrés, y el estrés crónico, a su vez, tensa los músculos del cuello y la espalda… En definitiva, el cuerpo se adapta a un entorno desfavorable, a veces perjudicándose en el proceso.

Todo ello no implica necesariamente que estemos a merced del clima y de nuestro vecindario. El cerebro interpreta las señales ambientales, pero esta interpretación puede verse influenciada. Un paciente que sabe que su dolor aumenta cuando baja la presión arterial perderá la ansiedad, porque la ansiedad intensifica el dolor y el conocimiento lo alivia. Esto no es magia, es neurociencia.

Por eso es importante que el médico pregunte tanto por los síntomas, como por el lugar de residencia del paciente, el estado de su vivienda, si nota algún cambio con el tiempo y si sale a la calle cuando el aire está contaminado. Dichas preguntas sonarían irrelevantes si no fuera porque proporcionan datos clínicos importantes. Ignorarlos significa tratar a un paciente abstracto, no a la persona real que sufre en un lugar y época del año concretos.

La influencia del entorno en el dolor no es una rareza ni una excusa, es un hecho biológico con mecanismos cada vez mejor comprendidos. La presión atmosférica, la humedad, la temperatura, la contaminación y la luz modulan el umbral del dolor, disminuyéndolo o elevándolo, empeorándolo o aliviándolo, etc.
Las personas con dolor crónico no son débiles ni quejumbrosas; tienen un sistema de alarma particularmente sensible que reacciona al entorno como un termómetro al calor. Es pura fisiología.

La próxima vez que un paciente diga: «Doctor, me duele porque va a llover», no lo corrija; créale y explíquele porqué tiene razón. Este pequeño gesto de comprensión duele menos que cualquier inyección y ayuda más de lo que creemos.
