Es algo sabido que nuestra manera fundamental de adquirir conocimiento es la repetición de los gestos, conductas o movimientos que vemos en nuestros semejantes. En nuestro entorno de tribu o en las visitas a otras vecinas o lejanas.

Es lo que sucede cuando algunos animales alcanzan el alimento estirando el cuello, quebrando el hueso con una piedra o alargando el brazo para coger un fruto o unos tallos frescos, y sus semejantes les imitan.
O cuando las manadas de carnívoros rodean a sus presas, las acosan y les muerden en los trayectos de grandes vasos o vías aéreas, o las orcas juegan con los timones de los barcos de vela en el estrecho de Gibraltar.

Los seres humanos, igualmente, venimos aprendiendo de nuestros mayores comportamientos de toda índole relacionados con la subsistencia y también relacionados con el desarrollo de otras habilidades, como el pensamiento, el juego o las relaciones.
Esto se debe a múltiples factores aunque del que queremos hablar hoy especialmente destacado es un grupo de neuronas, las llamadas neuronas espejo.
Las neuronas espejo son las responsables del aprendizaje por imitación. Se activan cuando desarrollamos movimientos o acciones y también se activan cuando vemos a otros realizarlas, ayudan a la mano derecha a seguir a la izquierda y al contrario, coordinando los movimientos.

Cuántas veces hemos visto a los aficionados, o entrenadores de fútbol en el banquillo, rematar con el pie el balón que lleva un jugador dentro del campo mientras siguen el juego de lejos. Cuántas veces nos hemos encogido cuando en alguna película de acción sale despedido un objeto hacia la pantalla, como si fuera a salir de ella o hemos sentido la sensación de vértigo, al ver los movimientos de personas en una montaña rusa.

Las neuronas espejo permiten la representación en el cerebro de las acciones que otros ejecutan y que vemos u oímos, esto hace que algunas áreas cerebrales se activen cuando otros realizan esas actividades y nosotros somos testigos.

No llegamos al punto de las ficciones como Matrix de poder integrar en un segundo toda la información desarrollada por otros, para pilotar helicópteros, pero si nos permite activar los mecanismos de forma semejante a los que están realizando la acción que observamos.

Las neuronas espejo descritas en el año 1996 por el investigador italiano, Giacomo Rizzolatti y su equipo a partir de estudios sobre la coordinación manual de los simios, nos han permitido entender la manera en la que se produce la transmisión de la información y la manera en la que somos capaces de entender sin palabras los movimientos, y también las actitudes y emociones de otros.
Y es que estas neuronas no solamente hacen que repitamos las canciones con nuestros músculos fonadores, cuando las están cantando otros, sino que también nos permiten ponernos en el lugar del otro y entender sus emociones como si fueran las nuestras propias, sentir las alegrías y las penas de los demás.

Ser capaz de ponerse en el lugar de otro es un privilegio, pero también puede convertirse en un suplicio. Entender la manera en la que otros realizan gestos o movimientos nos permite repetirlos y aprenderlo de una manera más sencilla, entender la implicación, la alegría y el dolor de otros.
Puede suponer vivir en tercera persona muchas cosas buenas, y también las malas. Explica la risa contagiosa cuando vemos a otros reír sin saber cuál es la causa, y la tristeza que nos produce ver la cara de pena de otros, y en particular, cuando estos seres son más vulnerables.

Disponer de neuronas espejo ayuda a los pacientes a entender su problema, viendo como otros lo afrontan y puede ayudar a los terapeutas a explicar la manera de abordar con más éxito las situaciones difíciles.
Disponer de neuronas espejo ayuda a los terapeutas a entender las razones por las que los pacientes sufren y puede, a veces, acompañarles fuera del horario de trabajo al recordar el sufrimiento de los demás.
La maravillosa condición humana tiene estas paradojas, un gran poder, conlleva una gran responsabilidad.

Nuestra obligación es adquirir y compartir ese empoderamiento con nuestros pacientes y con aquellos a los que ayudamos a formarse, a entender sus problemas y a saber afrontarlos con las estrategias desarrolladas por otros.
Una buena manera es escribir nuestros pensamientos, dejar constancia de ellos para estudiarlos en momentos de tranquilidad y compartirlos con otros congéneres, sea de viva voz y en su presencia o a través de los medios tecnológicos, como este que está leyendo ahora mismo.

Les agradezco el seguimiento y que hayan llegado hasta aquí en la lectura, y les invito a que saquen sus propias conclusiones y las compartan con otr@s. Así habremos cumplido una de nuestras sagradas misiones en la vida…o al menos una temporada más. ¡Feliz descanso, disfruten de las vacaciones, nos vemos a la vuelta de agosto!
