La ciencia, la nueva religión del siglo XXI, además de profetas tiene ministros que gobiernan con mano firme el timón de la nave hacia sus intereses.

Si estudiamos la composición del elenco de personas relevantes, encontraremos, con una cierta decepción, si bien prevista, que la inmensa mayoría pertenecen a la condición masculina. Y así nos lo dice la Historia de la ciencia y el pensamiento, donde hallaremos prácticamente sólo a varones.
Pitágoras, Tales de Mileto, Arquímedes, Hipócrates, Galeno, Avicena, Vesalio, Galileo, Newton, Darwin, Watson y Crick, por citar algunos, son los nombres que, de una forma inconsciente, relacionamos con la ciencia, que a lo mejor no tuvo madre, o a lo peor fue de madre no reconocida.

La ciencia sí que ha tenido y tiene madres y en nuestros tiempos más que nunca. Muchas veces solteras y solas, predicando en el desierto, sin apoyo y ni padrino, remando contra la corriente del machismo imperante en nuestra sociedad y tratando de esquivar los micromachismos relacionados con las costumbres, terminologías que relacionan lo bueno con lo masculino y lo malo con lo femenino.

Nuestra vocación educativa e igualitaria, y nuestra conciencia social coincide con la iniciativa de las autoridades en celebrar el día internacional de las mujeres y la ciencia (11 febrero).
Se ha atribuido la escasa relevancia de las investigadoras a múltiples factores: la presunta débil inteligencia analítica de las mujeres; la inevitable variabilidad hormonal durante sus periodos fértiles y la influencia en los procesos cognitivos; y, cómo no, la condenada certeza de que la naturaleza había colocado en el mundo a las mujeres sólo para ciertas misiones, como la maternidad y la custodia del hogar.

Estas explicaciones pudieron servir los primeros miles de años de la civilización, pero no son admisibles en nuestros tiempos.
Las mujeres y los hombres no somos iguales orgánicamente, pero unas categorías tan amplias como estas seguro que reúnen múltiples subcategorías que permiten agrupaciones distintas relacionadas con la estatura, color de ojos, índice de masa corporal, calcemia o cualesquiera otras miles y en esas categorías encontraríamos una distribución distinta a la de género.

A todas luces no somos iguales, pero sí equivalentes y, sometidos a estímulos semejantes, probablemente respondamos de una forma parecida. Nuestra sociedad es mucho más compleja y la supervivencia ya no depende exclusivamente de la herencia genética, de aquí que esa supuesta ley natural se pueda discutir.
La ciencia, la educación, la cultura, fue coto privado de la condición masculina como herencia de unas sociedades derivadas de los roles de animales semejantes a los nuestros, cuyas organizaciones, basadas en la perpetuación de la especie, priman a los machos más fuertes para la reproducción en una agrupación tribal.

La educación sexista ha abocado al abandono de los estudios o el trabajo a muchas mujeres, relegándolas a un segundo plano frente al interés mayoritario o francamente a ocultar los méritos de féminas más que notables, sobresalientes que, a pesar de todo, resulta difícil de citar de carrerilla.
Así nos viene a la memoria muchos de sus nombres: Hipatia de Alejandría; Hildegard Von Bingen; Marie Curie que, además de premio Nobel, desarrolló las unidades móviles sanitarias llamadas Petit Curie para diagnóstico radiológico; Mileva Maric, esposa de Einstein, matemática brillante eclipsada por su genial marido; las protagonistas de la última adaptación cinematográfica de Hollywood sobre la carrera espacial, Mary Jackson, Katherine Johnson y Dorothy Vaughan; Rosalind Franklin; Jane Goodall; Margarita Salas; Margarita del Val…

Hoy en día sigue siendo más difícil progresar en el mundo de la ciencia desde la condición femenina. Según un informe del INE de Octubre de 2025 “el porcentaje de mujeres graduadas en educación superior en 2023 era del 55,0% y el de hombres del 45,0%”, lo que viene a atestiguar que su nivel formativo ha crecido respecto al de los varones.

En el ámbito sanitario, las profesiones médicas tienen un altísimo porcentaje de mujeres, aunque los puestos de responsabilidad siguen siendo ocupados mayoritariamente por hombres. Asistiremos a un cambio progresivo de estas proporciones, que haga innecesaria la famosa discriminación positiva y que base el progreso en el mérito, el esfuerzo, el conocimiento, la inteligencia, la voluntad y no en el género el avance en las carreras científicas.
