En el mundo de la comunicación la actualidad se antepone de una forma absolutamente cronológica. Unas noticias suceden a otras en el primer plano de la atención por las circunstancias, el interés o la repercusión. Dice un viejo aserto de ese gremio que “no hay nada más viejo que el periódico de ayer”.

En ese sentido, venimos asistiendo a la aparición en prensa y redes, por mor de la actualidad, de una serie de sustancias terapéuticas empleadas desde hace décadas para ayudar a personas con dolor.

Ya sucedió en el pasado con el propofol o con el tramadol y también con el ibuprofeno, cada uno de ellos tuvo su momento, por ejemplo, cuando se asoció el propofol a la muerte del cantante Michael Jackson o el tramadol a las guerras en África Central, al utilizarse como elemento dopante para las soldados en conflicto, o también cuando las autoridades decidieron advertir del riesgo de sobredosificación del ibuprofeno a dosis superiores a 400 mgs.

En un plazo relativamente corto hemos encontrado que el fentanilo, después el metamizol y, por último, la ketamina, vuelve a ocupar las primeras páginas, relacionándose con hechos luctuosos.

El fentanilo, excelente analgésico opioide, empleado hasta la saciedad en la anestesia de millones de intervenciones en todo el mundo desde hace décadas, es empleado con excelente resultado para el tratamiento del dolor crónico en sus presentaciones transdérmicas.

También usado para el dolor irruptivo, en sus presentaciones orales o sublinguales, se ha visto estigmatizado por el uso incorrecto y el abuso del mismo qué están haciendo especialmente en Estados Unidos, abusando de la prescripción o empleándolos de una forma clandestina como sustancia estupefaciente, siendo la primera causa de muerte en adultos de 20-45 años y generando más víctimas que las guerras de Vietnam y Corea, algo absolutamente alarmante.

Este uso ha llevado primero a identificar una red de fabricación y distribución al margen de los cauces médicos, y después a reconocer la falta de rigor en la distribución por profesionales de la salud en Norteamérica, algo que precisa no sólo respuesta sanitaria, sino también política y policial.

La ketamina, excelente medicamento anestésico, de propiedades analgésicas broncodilatadoras y eficaz a dosis relativamente pequeñas por prácticamente cualquier vía (oral, nasal o parenteral) se ha visto, como las otras sustancias, sometido nuevamente al escrutinio tras relacionarse su presencia en el organismo de un “amigable” actor recientemente fallecido con la posible causa de la muerte.

Por último el metamizol, (Nolotil® como nombre comercial más conocido) se ha visto vinculado a la aparición de efectos adversos en determinados colectivos procedentes de las Islas Británicas, al emplearlo tras prescripciones en tierras españolas.

Los efectos secundarios del metamizol son conocidos desde hace años. Aparte del riesgo de reacciones alérgicas o la posibilidad de producir hipotensión en personas sensibles, se ha relacionado con la aparición de agranulocitosis en una probabilidad de 1 a 10 de cada 1.000.000 de usuarios.

Este riesgo, identificado y cierto, ha sido valorado por las autoridades españolas de la Agencia Española del Medicamento y, pese a advertir de la necesaria prudencia, ha entendido que no es un riesgo superior al ya conocido y que por tanto no necesita nuevas recomendaciones.

Los medicamentos, como otras sustancias u objetos de nuestra vida cotidiana, no son necesariamente buenos o malos en sí mismos, sino que precisan de una utilización adecuada.

Un automóvil o un cuchillo de cocina son instrumentos súper útiles para el transporte o para elaborar un guiso y, aunque precisan un conocimiento y habilidad para su manejo, no son necesariamente nocivos, pero pueden convertirse en armas mortales en unas manos insensatas o criminales. Esto mismo sucede con los medicamentos, que necesitan conocimiento y dosificación adecuados para emplearlos como agentes terapéuticos y no cómo armas.

Cuando estos medicamentos aparecen en las primeras páginas de los periódicos o en las redes sociales involucrados en muertes por sobredosis o por uso incorrecto, se genera en la población una alarma social que debería aclararse suficientemente.

Sería deseable que aquellos que generan dicha alarma añadieran una explicación suficiente, para evitar estigmatizar los fármacos y en particular los analgésicos y su uso a fin de que los pacientes que tienen necesidad no se alarmen continuamente pensando que están utilizando algo más parecido a un veneno qua a un tratamiento.

El dolor necesita instrumentos para su tratamiento que sean seguros, potentes, eficaces, baratos y libres de interacciones al máximo. El tratamiento del dolor necesita medicamentos y, también, conciencia social y, en ese sentido, se debe pedir a los comunicadores rigor y explicación suficiente de las noticias relacionadas con la aparición de problemas, para evitar la alarma pública y en particular entre pacientes y familiares.

Nuestro sistema de salud afortunadamente tiene los recursos y herramientas para asegurar el uso correcto y la seguridad de los medicamentos, incluyendo su revisión y retirada si se presentan situaciones no contempladas con anterioridad en su desarrollo o uso previo.

Publicado por Dr. Alfonso Vidal

Director de las Unidades del Dolor del Hospital LA LUZ (Madrid) y del Hospital SUR (Alcorcón, Madrid). Grupo QUIRÓNSALUD Profesor de Dolor en la Univ. Complutense Madrileña

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